La letra Indómita
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La masacre de Denver


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Mi colega americano.


El viernes pasado, en medio de una jornada laboral matutina, noté con particular asombro cómo a un compañero de trabajo se le transformaba la cara mientras observaba su monitor. Le pregunté qué pasaba y al voltear, con extrema preocupación me contestó que un individuo había entrado hacía horas en una sala de cine en Denver y había matado a una docena de personas.

Mi compañero es un joven norteamericano oriundo de un pueblo de Colorado, situado a apenas media hora de las salas de cine en donde otro demente decidió detonar su psicosis letal. Cuando la diferencia horaria finalmente se lo permitió, mi colega se encargó de averiguar a ciencia cierta qué había sucedido y cerciorarse de que la suerte maldita no le hubiera arañado ningún afecto. Las garras de la parca pasaron cerca: dos de sus mejores amigos no pudieron ingresar a la sala porque las entradas estaban agotadas y decidieron cruzarse a un cine de enfrente.

Este muchacho, que ocupa la silla lindera a la mía, no entiende cómo ha vuelto a suceder lo mismo en el territorio que lo vio nacer. Hace ya más de una década, en el mismo estado de Colorado, dos estudiantes adolescentes asesinaban a 13 personas y herían a otras 24 en una escuela secundaria de Columbine, desplegando un arsenal digno de una película bélica. Aquella masacre no fue suficiente para que las autoridades estatales revisaran su política de venta de armas al público. Tampoco lo fueron las críticas de la sociedad, ni las provocaciones mediáticas de Michael Moore, quien desnudó descaradamente un terrorífico ángulo de la sociedad estadounidense.

Nada parece ser suficiente para combatir la industria armamentista en EEUU. El dinero proveniente del rubro, que es mucho, evidentemente justifica las víctimas fatales que de vez en cuando sacuden a la opinión pública. Las otras víctimas de la venta indiscriminada de armas, las que no salen en las tapas de los diarios pero son mucho más frecuentes, no tienen vela en este entierro.

Mi compañero está confundido, algo así como mareado. Le cuesta entender que el gobierno que lo somete a un estricto, casi asfixiante control en materia impositiva, no ejerza un poder de contralor similar sobre la compra y venta de armas. El mismo gobierno que exige las mil y una condiciones para que los turistas entren al país, el que se desvive luchando contra el narcotráfico, casi no le presta atención al comercio armamentista. Las suspicacias son forzosas. Uno no puede evitar preguntarse si la política sería la misma en el caso de que las armas, al igual que la droga, fueran producidas en Sudamérica y Centroamérica. Probablemente no.

La sociedad norteamericana vive hipócritamente creyendo que este tipo de catástrofes son inevitables. Los políticos se rasgan las vestiduras frente a las familias de las víctimas, lloran, encienden velas y los alientan a seguir adelante ante el infortunio. Sin embargo, lo azaroso es debatible cuando un estudiante de 24 años compra en 2 meses una escopeta, un fusil, dos pistolas y muchas balas. En un país pionero en tecnología, donde las bases de datos radiografían a los ciudadanos a lo largo y a lo ancho a partir de un simple número (el seguro social), que no haya control no es un descuido. Es complicidad.

Sólo el tiempo dirá cuántos muertos más necesita una sociedad para finalmente decidir encarar la vía menos rentable y regular seriamente la posesión de armas. Aunque parezca increíble, llevó décadas enteras e infinidad de juicios demostrar que el cigarrillo causaba la defunción de quienes fumaban, pero finalmente se logró derrumbar a la industria tabacalera. Tarde o temprano, cuando se desarmen las voluntades políticas alquiladas y los lobistas armamentistas bajen la guardia, EEUU caerá en la cuenta de que el lejano oeste es tiempo pasado. Hasta que eso suceda, las víctimas quedarán desvalidas, ¿pero a quién le importa?, si los muertos no hablan, pero sobre todo, no votan.
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