Ideas de una mente indómita...

Ataques terroristas en París

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El equilibrio de los justos.



Otra vez el salvajismo. La irracionalidad y la vehemencia religiosa volvieron a encontrar cauce en la violencia extrema, llevándose consigo a más de un centenar de almas inocentes. París, la mítica capital del amor y el epicentro cultural más diverso del planeta, una maldita noche se tiñó de sangre y quedó manchada por el resto de sus días.

Una atrocidad semejante merece una respuesta compleja. Los responsables materiales e ideológicos de este terrible atentado no son dignos de misericordia, como no lo es nadie que no sepa reconocer la humanidad en sus semejantes. El fanatismo religioso extremo debe ser reprimido hasta las últimas consecuencias desde todos los frentes posibles, pero también hay que tener cautela y saber ponderar las consecuencias de un actuar desmedido. Extender el rencor hacia toda la comunidad musulmana sería quizás la peor de las reacciones, y seguramente uno de los cometidos de quienes perpetraron los múltiples asesinatos.

Occidente tiene la dificilísima tarea de encontrar el equilibrio entre la guerra y la paz, a partir de saber identificar a víctimas y victimarios. El pueblo musulmán es también víctima de un terrorismo que se dice su mandatario, pero que en realidad ni siquiera respeta los preceptos del Islam. A ellos también se los debe contener y defender en aras de un futuro libre de violencia y miedo.

Los estadistas tienen la obligación de reaccionar contra los responsables. Nuestra obligación, en cambio, como ciudadanos del mundo, es respetar la libertad de culto y entender que sólo las acciones deben juzgarse, no las ideas. Debemos, ante todo, demostrarle a los violentos que nosotros sí sabemos reconocer la humanidad por sobre las creencias, y que más allá de cualquier diferencia, podemos convivir en forma civilizada.


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El conflicto con Siria

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Fighting fire with fire…



Watch out, you might get what you are after, advierte en su primera estrofa “Burning down the house”, famosa canción de Talking Heads. Cuidado, que a lo mejor conseguís lo que estás buscando, es la traducción. Entre estrofa y estrofa, a medida que avanza el tema, se escucha la frase “fighting fire with fire”, o sea: combatiendo el fuego con fuego; nada más y nada menos que lo que Barack Obama pretende hacer en medio oriente… por enésima vez.

Sinceramente suena increíble que un premio nobel de la paz aliente un ataque militar en represalia de otra barbaridad, como efectivamente ha sido el asesinato de miles de civiles con armas químicas en Damasco. Es hasta surrealista escuchar el discurso del presidente estadounidense, quien remarca que será un “ataque limitado y táctico de apenas unas semanas”; algo así como un leve escarmiento, donde morirán sólo unos pocos. No es para tanto porque no habrá despliegue de tropas, sino que se matará a la gente por control remoto…

Con el mundo en contra, a excepción de Francia y David Cameron, a quien el parlamento inglés le dio la espalda, Obama ha decidido buscar consenso en el congreso de su país. Él asegura estar convencido de que atacar Siria es la decisión correcta, pero no se va a arriesgar a hacerlo sin poder repartir culpas en el futuro. El pueblo norteamericano también desaprueba un accionar militar. Una reciente encuesta de Reuters reveló que sólo un 19% apoya el ataque, un 25% tiene dudas y un 56% está rotundamente en contra. Obama, que se jacta de su voluntad democrática mientras lustra la medalla de Alfred Nobel, debería entonces llamarse a la coherencia y escuchar a su pueblo, ya que al parecer las voces de la ONU y el G20 no son suficientes.

Combatir el fuego con fuego, responder violentamente a la violencia y seguir propagando la guerra son razones fundamentales por las cuales el mundo no es un mejor sitio. La barbarie fundamentada sigue siendo barbarie, por más que intente disfrazársela. Hay vías diplomáticas que deben ser agotadas antes de siquiera pensar en usar la violencia como reprimenda, y Estados Unidos debiera encaminar sus esfuerzos por dichas vías, si en verdad se encuentran tan sensibilizados con lo ocurrido.

Watch out, you might get what you are after. Estadistas y analistas políticos de todo el planeta están advirtiendo que un ataque a Siria podría traer consecuencias nefastas en detrimento de la paz mundial. Ya que el mandatario norteamericano no hace honor a su premio, confiemos que la cámara de representantes de su país se oponga a su voluntad, como le sucedió al premier británico. En un mundo en llamas, el fuego no es la mejor opción de combate.


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La muerte de Hugo Chávez

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Con las botas puestas


Murió Hugo Chávez, quizás una de las figuras populares más emblemáticas de la última década en América Latina. Se fue en silencio, sin despedidas, en tiempo y forma advertidas por muchos a quienes desde el círculo chavista denostaron, maltrataron y acusaron de conspiradores. Lo cierto, más allá de toda especulación, es que el mandatario pereció rodeado de mentiras, dejando en manifiesto, incluso en su instante final, lo que era capaz de hacer por retener el poder.

Su muerte genera tristeza, no sólo hacia su persona y los suyos, sino también hacia el pueblo venezolano. Chávez se ha llevado a la tumba el afecto de millones de personas a quienes les costará digerir la noticia. Seguramente un porcentaje importante del electorado sentirá frustración y decepción ante un final tan abrupto, luego de que hace muy poquito tiempo se afirmara que el revolucionario bolivariano estaba completamente curado, en apenas otro capítulo más del relato épico que supo caracterizar al difunto presidente. Tristeza, decepción y frustración de descubrir que la misma democracia ha sido manoseada en el pueril intento –individual y colectivo– de permanencia soberana, aun sabido enfermo terminal. Es hasta perverso pensar que los tiempos han sido pensados milimétricamente para que la fábula rindiera frutos en plena campaña electoral. Chávez no se mostró entero cuando pudo, sino cuando debió.

Falleció un déspota, un líder político anacrónico obnubilado por la adicción más destructiva a la que puede ceder el hombre. Fue fiel a su estilo hasta el final, y preso de sus vicios finalmente cayó con las botas puestas. Murió de cáncer, sí, pero su peor enfermedad fue claramente el poder.

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La masacre de Sandy Hook

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Las lágrimas no alcanzan...


Hace medio año nos escandalizamos con la masacre de Denver... Un pobre infeliz entraba en una sala de cine en el estreno de Batman y abría fuego contra los espectadores. En aquel entonces escribí un post en este blog. Hoy, tan poquito tiempo después, tengo que volver a escribir de un tema que no me entra en la cabeza: la flexible comercialización de las armas en EEUU.

Lamentablemente quedó chico el suceso ocurrido en julio en Denver. Esta vez, otro joven desvariado descargó su ira social contra 27 víctimas fatales en un colegio pueblerino del estado de Connecticut; 20 de ellos tenían entre 5 y 10 años... El asesino veinteañero, llamado Adam Lanza, portaba 3 armas de fuego y disparó más de cien balas.

¿Qué es lo más llamativo, lo escandaloso de lo sucedido? Locos hay en todos lados, y por más que los conservadores se deshagan en hipótesis estériles, no son ni los video juegos, ni las películas, ni la televisión, ni internet los responsables de estas catástrofes violentas. Si ése fuera el caso, después de todo, estas masacres ocurrirían en todas partes del mundo con la frecuencia que ocurren en EEUU, y eso no sucede. Lo escandaloso no es que haya un demente violento en la sociedad. Lo escandaloso es que tal sujeto tenga fácil acceso a cuatro armas de fuego y más de cien balas. Ésa es la garrafal aberración, y la responsabilidad de estas muertes continúa siendo política, y también en gran parte ciudadana.

No me voy a extender más, porque ya me he referido al tema en detalle hace no mucho tiempo atrás. El pueblo norteamericano necesita tomar conciencia de que no se puede vivir en 2012 con las reglas de convivencia del 1800. La sociedad estadounidense ya no está en guerra y a las víctimas hoy las ampara la ley y la justicia. El lejano oeste está bueno revivirlo en el cine, no en la realidad.

Obama, ya reelegido, derrama lágrimas por televisión y quizás crea que con eso alcanza. Los otros, sin embargo, los menos afortunados y víctimas de una política comercial armamentista escandalosa, siguen derramando sangre.



Link al post anterior acerca del mismo tema:
http://laletraindomita.com/page8/blog-4/files/c039d600f224ac184b7b202d829250b0-5.html

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Elecciones en Venezuela

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Democracia en estado vegetativo.


Decir que Venezuela es una dictadura irrita a los simpatizantes de Chávez, quienes se amparan en prácticamente un tecnicismo para asegurar que el país caribeño es una democracia. Sí, en Venezuela se vota, pero definir la democracia a partir de esa única característica es como decir que para ser persona sólo hace falta respirar. Las plantas también respiran.

Claro que el sufragio es vital para la democracia, pero no es lo que la define como tal. El verdadero espíritu democrático descansa sobre una base de principios mucho más compleja que la simple posibilidad de elegir candidatos cada tanto. Justicia independiente, libertad de acción y expresión, y por sobre todas las cosas límites a la concentración de poder, son tres características fundamentales para garantizar la democracia en el largo plazo. Las dos primeras están en tela de juicio en Venezuela, y la tercera, directamente no existe.

Dos décadas de mandato sin interrupciones casi no permite utilizar otro mote. Sólo un dictador, o un tirano, aspira a eternizarse en el poder, sin importar si ha sido elegido por una mayoría o no. Las democracias más avanzadas del mundo constan de mecanismos constitucionales para evitar la manipulación de las masas mediante el despotismo. La rotación es crucial, porque si en un país no existe la justicia independiente, el estado no puede garantizar la libre elección de los candidatos. La extorsión y el miedo también contribuyen a ganar elecciones.

Es verdad que Venezuela no es una dictadura, pero tampoco es una democracia. El sistema político venezolano es un híbrido extraño, un cuerpo sin alma que respira pero no tiene identidad. Las urnas le han dado otro golpe fulminante a esta dudosa democracia, que ha caído en coma por seis años más. En la humanidad, y también en la política, sólo los milagros remontan estados terminales.


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La ideología detrás de la política

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Acerca de los lados.


La ideología lastima, aunque no sea un arma. A veces el daño es intelectual, apenas una estocada psíquica hacia los que piensan distinto; otras, sin embargo, la herida es física y letal. La historia está plagada de ejemplos. Hitler y Stalin también fueron idealistas que creyeron tener razón y terminaron siendo genocidas, cegados por un fanatismo que eventualmente los condujo a la muerte. Lo curioso es, acaso, que siendo ambos ideológicamente antagónicos, ninguno tuviera razón…

La izquierda o la derecha: la eterna rivalidad de la política que divide a las masas tanto o incluso más que las creencias religiosas. La sociedad moderna, en su intento por democratizar el mundo entero, no deja de criticar –y con razón– las guerras santas a las que se siguen sometiendo ciertas regiones orientales, pero a la hora de discutir ideas políticas, nada mejor que encasillar a diestra y siniestra. Pareciera que sólo existen dos posibles sentidos a la hora de pensar, y ninguno de ellos es el que debiera ser: el común.

Pretender romper el molde es ser tibio. Analizar cada idea por separado no tiene cabida en la escuela de la confrontación. Las personalidades políticas, entrado el siglo XXI, son estereotipos seriales que suscriben a uno u otro costado de acuerdo a la historia, y la opinión pública así lo prefiere. Resulta muy difícil desentrañar a sujetos que tienen una compleja forma de pensar. Después de todo es preferible que la política, esa insignificante disciplina a partir de la cual se rige el bienestar social, sea analizada como un partido de fútbol en el cual se opta por uno u otro lado. Así es más fácil.

Pero la política no es un deporte, aunque a veces pareciera serlo. Cuando la rivalidad es grande y el fanatismo aflora, no existen ganadores en el largo plazo, sólo perdedores. La diferencia es evidente; en la simplificada versión de la política que nos toca vivir, los dirigentes, sin importar al lado que suscriban ideológicamente, sólo pueden vestir una camiseta: la del pueblo. Los errores y aciertos, tarde o temprano terminan capitalizándose en una única dirección posible, perjudicando o beneficiando a la sociedad en su conjunto.

El bien común es un concepto difícil, a veces con particularidades propias según la comunidad, y el ser humano civilizado, en su condición de tal, tiene la obligación de entender que la realidad social es mucho más compleja de lo que suelen vendernos los partidos políticos, y que la bifurcación de la verdad es sólo un simplismo de quienes necesitan agrupar voluntades de un lado o del otro. Si acaso existiera la verdad, ese concepto metafísico que ha desvelado primero a los filósofos, luego a los aficionados del saber, y por último a los manipuladores, entonces dudo que ésta tenga apenas dos caras.

Lados eligen los fanáticos, y éstos, pueden tener su espacio en el fútbol, pero nunca en la política. El fanatismo ideológico conduce hacia la brutalidad y la soberbia combinadas al extremo. La mayoría creemos tener razón, pero estar dispuestos a todo para demostrarlo es una actitud por lo menos peligrosa. En el peor de los casos, hubo quienes creyeron que el estar dispuestos a morir por un ideal les daba el derecho a matar por imponerlo; en la gama intermedia, la violencia verbal e intelectual genera resentimientos y destruye el diálogo, alimentando el despotismo de quienes sustentan el poder.

La verdad es una invención humana, una mera simplificación de la realidad. Tener razón, a su vez, suele ser un capricho inconducente. Las necesidades de la sociedad superan ampliamente las urgencias egocéntricas de los idealistas más fanáticos. El día en que superemos nuestros complejos individualistas y entendamos que lo prioritario es el bien común, quizás entonces, dejemos de arruinarle la vida a generaciones enteras.

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La masacre de Denver


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Mi colega americano.


El viernes pasado, en medio de una jornada laboral matutina, noté con particular asombro cómo a un compañero de trabajo se le transformaba la cara mientras observaba su monitor. Le pregunté qué pasaba y al voltear, con extrema preocupación me contestó que un individuo había entrado hacía horas en una sala de cine en Denver y había matado a una docena de personas.

Mi compañero es un joven norteamericano oriundo de un pueblo de Colorado, situado a apenas media hora de las salas de cine en donde otro demente decidió detonar su psicosis letal. Cuando la diferencia horaria finalmente se lo permitió, mi colega se encargó de averiguar a ciencia cierta qué había sucedido y cerciorarse de que la suerte maldita no le hubiera arañado ningún afecto. Las garras de la parca pasaron cerca: dos de sus mejores amigos no pudieron ingresar a la sala porque las entradas estaban agotadas y decidieron cruzarse a un cine de enfrente.

Este muchacho, que ocupa la silla lindera a la mía, no entiende cómo ha vuelto a suceder lo mismo en el territorio que lo vio nacer. Hace ya más de una década, en el mismo estado de Colorado, dos estudiantes adolescentes asesinaban a 13 personas y herían a otras 24 en una escuela secundaria de Columbine, desplegando un arsenal digno de una película bélica. Aquella masacre no fue suficiente para que las autoridades estatales revisaran su política de venta de armas al público. Tampoco lo fueron las críticas de la sociedad, ni las provocaciones mediáticas de Michael Moore, quien desnudó descaradamente un terrorífico ángulo de la sociedad estadounidense.

Nada parece ser suficiente para combatir la industria armamentista en EEUU. El dinero proveniente del rubro, que es mucho, evidentemente justifica las víctimas fatales que de vez en cuando sacuden a la opinión pública. Las otras víctimas de la venta indiscriminada de armas, las que no salen en las tapas de los diarios pero son mucho más frecuentes, no tienen vela en este entierro.

Mi compañero está confundido, algo así como mareado. Le cuesta entender que el gobierno que lo somete a un estricto, casi asfixiante control en materia impositiva, no ejerza un poder de contralor similar sobre la compra y venta de armas. El mismo gobierno que exige las mil y una condiciones para que los turistas entren al país, el que se desvive luchando contra el narcotráfico, casi no le presta atención al comercio armamentista. Las suspicacias son forzosas. Uno no puede evitar preguntarse si la política sería la misma en el caso de que las armas, al igual que la droga, fueran producidas en Sudamérica y Centroamérica. Probablemente no.

La sociedad norteamericana vive hipócritamente creyendo que este tipo de catástrofes son inevitables. Los políticos se rasgan las vestiduras frente a las familias de las víctimas, lloran, encienden velas y los alientan a seguir adelante ante el infortunio. Sin embargo, lo azaroso es debatible cuando un estudiante de 24 años compra en 2 meses una escopeta, un fusil, dos pistolas y muchas balas. En un país pionero en tecnología, donde las bases de datos radiografían a los ciudadanos a lo largo y a lo ancho a partir de un simple número (el seguro social), que no haya control no es un descuido. Es complicidad.

Sólo el tiempo dirá cuántos muertos más necesita una sociedad para finalmente decidir encarar la vía menos rentable y regular seriamente la posesión de armas. Aunque parezca increíble, llevó décadas enteras e infinidad de juicios demostrar que el cigarrillo causaba la defunción de quienes fumaban, pero finalmente se logró derrumbar a la industria tabacalera. Tarde o temprano, cuando se desarmen las voluntades políticas alquiladas y los lobistas armamentistas bajen la guardia, EEUU caerá en la cuenta de que el lejano oeste es tiempo pasado. Hasta que eso suceda, las víctimas quedarán desvalidas, ¿pero a quién le importa?, si los muertos no hablan, pero sobre todo, no votan.
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