Ideas de una mente indómita...

Cambio de gobierno en Argentina

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Se acabó la magia.


Cristina Fernández de Kirchner ya no es presidente. “A las 12 me transformo en calabaza”, bromeó en su último discurso, desnudando su psiquis. Quizás fuera aquella declaración un reflejo verbal inconsciente de lo que ella interpreta que es el poder, pese a afirmar lo contrario: magia.

Seguramente no fue magia. A lo sumo, ha sido un montaje de ilusionismo berreta que no logró ocultar la corrupción, las muertes y la impunidad, al menos para una mayoría. Otra parte importante de la audiencia, sin embargo, eligió negar la realidad y continuar con el show.

Macri tampoco es mago. El verdadero cambio que necesitamos no surge de la hechicería, sino de nuestra capacidad como pueblo de exigir justicia sin miramientos. Sin importar el color del partido, empecemos a respetar los derechos de los demás y a reclamar que los demás respeten nuestros derechos. La transformación social es nuestra responsabilidad cívica. Exijamos y denunciemos más allá de la realidad propia, pensando en la miseria ajena.

Basta de magia. Es hora de asumirnos adultos y aceptar que no existe.
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Paparruchadas

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Paparruchadas.


La religión es un tema aparte. Los asuntos de fe no admiten juicios ni opiniones, porque cada uno es libre de creer lo que quiera. La política, en cambio, nos incumbe a todos. El Papa ha sugerido desde el comienzo no intervenir en la política, y lamentablemente por ahora no pareciera cumplir su voluntad. Quizás no en forma decididamente activa, pero la diplomacia es una disciplina que se lee subliminalmente. Es una pena que el Sumo Pontífice sea tan receptivo con ciertos personajes siniestros del ámbito local e internacional y a la vez niegue audiencias a quienes genuinamente luchan por la libertad, como son los disidentes en Cuba, esté o no en su agenda.

No tendría nada que recriminarle al Papa si se mantuviera completamente ajeno a temas que exceden el ámbito pastoral, pero no es el caso. Muy factiblemente, como muchos dicen, la de él sea una revolución lenta y silenciosa. Algunos problemas, sin embargo, claman a la política, y también al cielo, por justicia en forma urgente.





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La muerte del fiscal Nisman

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Muerte en la víspera.


El fatídico destino de los suicidas no reconoce momentos. Quizás fuera eso, o tal vez, como supo sugerir un periodista afín al oficialismo, la irresistible sensación de infamia y vergüenza lo que llevó al fiscal Nisman a apretar el gatillo, apenas unas horas antes del día más trascendental de su carrera. La suspicacia inevitablemente toma partido en tan sugerente fallecimiento. Las pericias por lo pronto sugieren suicidio, cuando el sentido común escupe alaridos de homicidio.

El camino hacia una República con verdadera independencia de poderes es sinuoso. Como ejemplo está Estados Unidos, un país que ha visto correr la sangre de sus más altos referentes políticos en pos de la democracia. Argentina todavía está lejos de ese ideal de país que los políticos oficialistas se empeñan en querer vendernos, y la muerte de Alberto Nisman es la clara prueba de ello. Es un mensaje de impunidad, pero también una señal de desesperación, porque matar a alguien en el ojo de la tormenta implica quemar las naves, apelar a un último recurso. Un recurso, de más está aclararlo, que nos remonta a las épocas más oscuras de la Argentina.

La democracia ha sido herida por un trágico hito este fin de semana; quizás el suceso de mayor gravedad institucional de los últimos 30 años. Mientras en la televisión pública enseñan a hacer tortas fritas y los activistas más renombrados de los derechos humanos guardan un doloroso silencio, los que verdaderamente queremos una República nos seguimos escandalizando sin consuelo. Este gobierno, el de las madres de plaza mayo, el de los artistas y los grandes referentes de los derechos humanos, termina su mandato con las manos manchadas de sangre. Somos todos responsables.




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El futuro de Argentina

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Error de diagnóstico.


¿Qué será del futuro de Argentina? La pregunta obligada y viejamente repetida que los ciudadanos argentinos venimos haciéndonos hace ya 3 generaciones. Se lo preguntó mi abuelo hace 65 años, cuando tuvo que huir del franquismo y dejar atrás su patria querida, por la cual había luchado poniéndole el pecho a las balas, literalmente. Aún se lo pregunta mi padre, también inmigrante, pero argentino por adopción desde muy temprana edad. Y finalmente me lo pregunto yo, nacido y criado en Argentina y luego expatriado por motivos laborales, y por qué no, también algo de curiosidad.

Vivir afuera ofrece una perspectiva invaluable, de lo bueno y de lo malo. Lo bueno en Argentina no es trivial, aunque a veces parezca serlo. Suele suceder que desde adentro no somos capaces de vislumbrar nuestro potencial objetivamente, pero afuera el paradigma se transforma. Argentina es un país chico en el que sólo un bajo porcentaje de la población puede viajar, y aun así, es común encontrarse con argentinos en los puntos más recónditos del planeta. No es casual. La experiencia me ha enseñado que los argentinos tenemos una impronta competente, ideas creativas y mucha adaptabilidad. Han sido muchos los conocidos de diversas nacionalidades que me han sugerido no comprender la realidad de nuestro país, dada la enorme capacidad de sus habitantes. Si a esa cualidad humana favorable le sumamos la existencia de un vasto territorio geográfico escasamente poblado, dotado de todos los climas y paisajes y plagado de recursos naturales, la paradoja cobra dimensiones incalculables. ¿Qué es, Argentina, sino una enorme e interminable paradoja?

Lo malo en Argentina es muchísimo menos que trivial; es, de hecho, tan significante que avasalla todo lo bueno. ¿Pero qué es lo malo en Argentina?, ¿ la corrupción?, ¿la inseguridad? o ¿la pobreza?; ¿la inaudita improvisación gubernamental?, ¿la increíble falta de sentido común? ¿Acaso son los argentinos el problema de Argentina? Sería difícil de creer que la naturaleza humana del ciudadano albiceleste estuviera signada por un destino infame. Hay distingos culturales importantes en el amplio espectro de razas y civilizaciones que habitan en este mundo, pero no es coherente asumir que el ciudadano argentino esté predestinado al fracaso, como si se tratara de una maldición antropológica excepcional.

Todos somos diferentes, eso es indiscutible. La cultura nos influencia, caracterizando nuestras creencias y hábitos, pero no nos define esencialmente. He tenido la suerte de relacionarme con personas oriundas de todos los continentes y puedo aseverar, sin miedo a equivocarme, que no son las cualidades individuales las que garantizan el éxito de una sociedad, sino el contexto. Porque el ser humano, de sur a norte y de oriente a occidente, con más o menos frío, es naturalmente trasgresor desde el seno materno. El secreto no está en cambiarlo, sino en contenerlo.
Tardeo o temprano, cuando el sistema funciona, todos nos ajustamos a las reglas de juego, así no nos gusten. Vivir afuera me ha permitido comprobar que los países que mejor funcionan son aquellos donde las reglas se cumplen, no por buena voluntad y consciencia cívica, sino por la certeza del castigo. Hay algo más poderoso que el instinto trasgresor en la naturaleza humana: el instinto de supervivencia. Nadie en sus cabales busca dañarse a sí mismo, y cuando el daño futuro de trasgredir los límites es percibido como cierto e inminente, el instinto de conservación prevalece. Si por el contrario no hubiera percepción de daño cierto, y mucho menos oportuno, los límites se difuminan.

La impunidad desvirtúa a la sociedad. Una civilización en la que las reglas no aplican converge hacia la ley de la selva; el sálvese quien pueda. No importa quienes participen de ella, si argentinos o suizos, el ser humano se adapta al ambiente. En Argentina, sin ir más lejos, hay antecedentes de corrupción de empresas norteamericanas, suecas y alemanas. En contraposición, en Estados Unidos, Suecia y Alemania, hay también muchos antecedentes de argentinos que pagan todos sus impuestos y jamás han intentado sobornar a un funcionario público. Esto último no es un milagro, sino una prueba.

La enfermedad argentina no es el intransigente gobierno de turno y su cepo al dólar, ni el narcotráfico, ni la corrupción policial y política. Esos son sólo síntomas, como lo es también el común infringir del argentino estereotipo. Es importante dar de una vez por todas con el diagnóstico correcto, porque de lo contrario, las generaciones venideras continuarán errándole a la cura. Argentina, afortunadamente, no necesita modificar la genética de su ciudadano para cambiar el futuro, sino lograr que se respeten las reglas de convivencia. Por encima de todas las demás prioridades, la República necesita constituirse como tal y hacerse respetar. Se empieza por la justicia, y lo demás llegará solo. La economía y la política son medios. La justicia es un fin.


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La muerte de Julio Grondona

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Victimizar villanos.


La muerte despierta simpatías inexplicables, sea quien fuere el sujeto en cuestión. Alegrarse por la muerte ajena es por lo menos desdeñable, pero martirizar villanos es un hábito injusto, sobre todo para aquellas víctimas, en este caso, de los daños colaterales del fútbol.

No se trata sólo de la violencia dentro de la cancha. El fútbol ha servido, durante al menos las últimas dos décadas, como semillero de delincuentes, asesinos a sueldo y narcotraficantes, no sin la complicidad de muchos dirigentes –por error u omisión–, y entre ellos, del recientemente fallecido titular de la AFA.

Julio Grondona fue un referente irrefutable de la cultura popular argentina. Bien por aquellos que se empeñan en rescatar lo pintoresco y pícaro de su persona, y mejor por quienes no olvidan lo malo, que en definitiva, es lo más importante. Los homenajes, después de todo, son como los resultados en el fútbol: no se merecen, se logran. Que en paz descanse.
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El cepo cambiario

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La devaluación encubierta.


Poco más de 24 horas luego de que Korea del Norte anunciara la llegada del hombre al sol (http://www.tweaktown.com/news/35032/north-korea-confirms-it-has-landed-a-man-on-the-sun/index.html), el jefe de ministros Capitanich, junto a su pequeño guardaespaldas, no quiso ser menos y se despachó con una noticia impactante: se levanta el cepo al dólar.

En realidad, sus palabras fueron cautelosas. Dijo que se permitiría la compra de dólares para atesoramiento a los privados que pudieran justificar la adquisición de la divisa con sus ingresos. O sea que, la AFIP continuará teniendo su gran rol protagónico en la decisión de a quién darle y a quién no, además de cuánto.

El gobierno argentino está arrinconado por las consecuencias del desmanejo económico sostenido de los últimos 10 años. Las reservas de dólares se acaban y no hay posibilidad de créditos internacionales en el horizonte cercano. Tampoco hay una sólida industria que mediante la productividad y eficiencia pudiera generar divisas a través de su competitividad. En Argentina, lo único que hay son restaurantes y muchos edificios nuevos. El gran modelo de consumo interno padece ahora de claustrofobia y los precios son la única válvula de escape de la desconfianza colectiva. La inflación de enero, sin ir más lejos, se estima alrededor del 5%.

El anuncio no suena como un genuino intento de regularizar el mercado cambiario, sino más bien como una excusa para justificar la escalada del dólar oficial de los últimos días, que subió un escandaloso 20%. El gobierno argentino intenta desesperadamente frenar la fuga de reservas, y un dólar más alto a priori ralentiza el proceso de vaciamiento, porque incrementa el precio de las importaciones y aumenta la recaudación vía impuestos de las exportaciones. Claro que también un dólar más alto estimula la desconfianza y agrava la percepción de empobrecimiento gradual que de por sí ya genera una alta inflación. Una devaluación, sin ir más lejos, es inflación cambiaria.

Será difícil un overshooting de tipo de cambio liderado por el público. La AFIP se encargará debidamente de dosificar la oferta para evitar desmanes en ese sector. Sin embargo, un dólar devaluado atenta contra con la inversión productiva, porque encarece los insumos y la compra de bienes de capital, a la vez que influye en la psicología de los inversionistas negativamente. Menos inversión, por otro lado, en un mercado con tasas de interés reales negativas, no hace más que encarecer aún más los precios. Argentina no sale de su acorralamiento con manotazos de ahogado. Sin un plan que ajuste las cuentas agregadas en el largo plazo, cualquier intento devaluatorio será una señal de desconfianza para los agentes económicos. Sí, quizás logren diferir la caída de las reservas un tiempo más, pero eso es una estrategia política orientada a prolongar la gobernabilidad, no una medida económica.


Nota al pie: acabo de percatarme de que quien compartía presencia junto al jefe de gabinete en la conferencia de prensa no era su guardaespaldas, sino el ministro de economía, Axel Kicillof.
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La suspensión del fiscal Campagnoli

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La amenaza legal.

A la procuradora general de la Nación, Alejandra Gils Carbó, le preocupa que sus subordinados se desempeñen en sus funciones. La incógnita del porqué no logra ser disfrazada con tecnicismos procesales, a pesar de que éstos amparen su proceder, al menos en lo jurídico.

El caso Lázaro Báez era ya escandaloso, pero ahora ha alcanzado la categoría de escalofriante. Sin el más mínimo disimulo, la jefa de los fiscales ha tomado parte en uno de los casos de corrupción más sonantes de los últimos años en Argentina, realizando una enfática defensa de los derechos del principal sospechoso. ¿Por qué? ¿Por amor a su oficio? ¿Para resguardar los derechos de un ciudadano supuestamente ordinario? ¿No hay ninguna otra motivación detrás de una maniobra tan excepcional?

Es altamente probable que el fiscal Campagnoli haya incurrido en faltas de procedimiento, porque de otro modo, el ataque no sería tan directo. Pero aun así, ¿es justificada la severidad con la que ha sido embestido por el aparato judicial? La suspensión del funcionario y su posible destitución llaman la atención en un país en el que el vicepresidente en funciones está en vísperas de ser procesado por haber intentado apoderarse de la máquina de hacer billetes. Evidentemente la balanza de la justicia necesita una calibración urgente.

Hay intencionalidad política e ideológica detrás del embate. Hay, como es usual detectar en los militantes más vehementes, teorías conspirativas que justifican eliminar al contrario. Pero incluso si Campagnoli fuera un agente encubierto del Grupo Clarín, sus vicios procesales poco podrían influir en la culpabilidad del sospechoso, porque la justicia se remite a las pruebas para dictar sentencias, y sin ir más lejos, errores en el proceso pueden contribuir a la nulidad de pruebas, pero jamás a la culpabilidad.

La voluntad de los mensajeros va más mucho más allá de la preservación del derecho. La intención quizás no sea sentar precedente del debido procedimiento ministerial, sino arrojar una advertencia, una amenaza emperifollada en la formalidad de un traje legal, para que nadie ose desafiar al poder de turno. Una maniobra despótica.

Las suspicacias no tienen cabida en este caso. La alevosía es evidente. Sí, quizás haya sustento legal para que Gils Carbó despliegue su aparato acusador contra su insolente y mal aprendido fiscal, pero también hay una sospechosa y exagerada intolerancia de rasgos partidarios.

“Dentro de la ley, todo. Fuera de la ley, nada”, solía decir el general. Un ferviente peronista sin lugar a dudas tiene esta frase siempre presente. Este concepto político, sin embargo, esconde una picardía maquiavélica: no todo legal es justificable en el plano moral.


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La renuncia de Moreno

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La fuga encubierta.


Renunció Moreno. El macho, el guapo, el patotero. El máximo exponente político de la prepotencia y la extorsión en tres décadas de democracia. Contrario a sus formas habituales, se va en silencio, evitando el barullo, porque sabe que no es buen momento para bravuconadas.

Dicen que renunció, pero en realidad se fuga. Se va a otro continente; se escapa de una gestión destructiva que en lo económico ha diezmado el comercio y la industria, y en lo humano, ha denigrado y agraviado a cuanto ciudadano se le ha antojado, sin miramientos.

El barrabrava de la política se exilia, como de costumbre, impune. Las víctimas de sus descalificaciones y despotismo no merecen el atisbo oportuno de una justicia que simula la ceguera. Quizás dentro de una o dos décadas sea popular reconocer los derechos humanos de quienes fueron heridos sensiblemente mediante el abuso de autoridad. Hoy no tiene rédito político.


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La inconstitucionalidad de la reforma judicial

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El fin de la epopeya k



En la antilógica kirchnerista, o eso que ellos se empecinan en llamar política, la frase “ir por todo” no tiene acepciones raras, como sí lo tienen otros conceptos constituyentes oficialistas, como ser los derechos humanos y la libertad de expresión. Ir por todo en este caso es ir por todo, y eso supone muchas veces que no importen las consecuencias, ni siquiera si son inmediatas. Ir por todo requiere cierto grado de hipnotismo, algo así como una carencia de racionalidad consciente para llevarse todo puesto, cueste lo que cueste, aunque a veces cueste mucho.

El embate contra la justicia, que incluyó en su trámite una condenable confabulación parlamentaria, fue finalmente declarada inconstitucional. Ahora sólo resta que la corte suprema ratifique o rectifique el fallo, aunque todo pareciera indicar que el máximo tribunal convalidará la inconstitucionalidad de los artículos más controversiales de la mencionada reforma. Un fallo judicial previsible con sabor a derrota política. Una batalla perdida, inexplicablemente inventada por su perdedor.

La reforma judicial se desdibuja del mapa político oficialista, y con él, sus desmesuradas ambiciones de control total. Ya no le queda mucho margen de acción a un gobierno que fiel a su reputación ha quemado las naves antes de tiempo. Sin posibilidad de controlar a los jueces, con recursos cada vez más escasos y con un futuro electoral poco promisorio, la segunda mitad del presente mandato será por lo menos difícil. Tendrán que aprender a dialogar, a compartir opiniones y a negociar, que es lo que comúnmente se conoce como política en las democracias republicanas.

La épica del poder ha fracasado. Han ido por todo y se han quedado sin nada. No sé si para ellos, los actores trascendentales de esta epopeya, el sacrificio ha valido la pena. Para el pueblo argentino, definitivamente no.


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La muerte de Videla


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Hierba mala también muere.



Ha muerto un dictador. Quizás el epíteto sea el más benigno para tan siniestro partícipe de la historia argentina. También fue un asesino, que ni siquiera en instancias finales de su vida se dignó a buscar el arrepentimiento. Expiró, como tantos otros, llevándose a la tumba el odio impregnado en el cuerpo.

Sólo los imberbes y los pusilánimes se alegran ante la muerte ajena. No hay motivo de festejo. Hay, en cambio, un silencio que debería aprovecharse para la memoria y la catarsis. Que tomen nota los violentos, los irracionales y los déspotas que en el ejercicio del poder van por todo sin miramientos: silenciar al contrario jamás valdrá la pena.



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El blanqueo de dinero


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Laverap para todos.



Mientras el dólar paralelo arrasa no sólo las más altas expectativas sino también el mercado inmobiliario, el gobierno prepara su contraofensiva con otro paquete ultra sofisticado de medidas. Las bravuconadas de Moreno y el idealismo inexperto e inocuo de Kicillof hasta ahora no han sido suficientes para contener el pesimismo de las masas, que notan el deterioro económico de un país condenado a la decadencia. No podía ser de otra manera, luego de que la economía fuera manejada en los últimos años por un cúmulo de funcionarios cuasi circenses, que para colmo de ineptos, pecan también de testarudos.

Los límites de la sospecha en Argentina son cada vez más difusos. Increíblemente, en medio de un gigantesco revuelo mediático por fundadas denuncias de lavado de dinero que involucran a funcionarios y empresarios oficialistas, el gobierno sale a redoblar la apuesta obsequiando una venia a todos aquellos que se han mantenido al margen de la ley en su declaración de ingresos durante todos estos años. Sin multas, sin impuestos, y sin siquiera preguntar acerca del origen de los fondos, todos aquellos que quieran podrán ahora blanquear el dinero que en el mejor de los casos ha sido omitido en las declaraciones impositivas por mera evasión fiscal. En el peor de los casos, claro, también se verán beneficiados por esta medida los narcotraficantes, los corruptos, y todos aquellos delincuentes de mucha o poca monta que decidan colaborar con el modelo manteniendo el perfil bajo, y siempre y cuando no estuvieran procesados por la justicia. Estos últimos, dicho sea de paso, podrán ingresar el dinero con testaferros…

Un verdadero contraejemplo de cordura y conducción el de la dirigencia nacional, que vuelve a darle la espalda a las variables económicas que importan, para anunciar una iniciativa disparatada y altamente cuestionable desde el plano ético y moral. Es inconcebible que para incrementar la oferta de moneda extranjera se estimule el ingreso de dinero mal habido; una estrategia que por otro lado será completamente estéril, porque la gran mayoría de quienes tienen su dinero en el exterior, de origen espurio o no, precisamente lo quieren tener lejos de un país con terribles antecedentes en cuanto a garantías constitucionales, y con incluso peor presente.

Otra vez la incoherencia, la vehemencia y la total falta de ética aplicada a una realidad económica y social cada vez más complicada. Algún improvisado podría creer que quienes nos dirigen aplican recetas maquiavélicas, pero a mi criterio pensar eso sería un insulto al célebre escritor italiano. La obra de Maquiavelo fue pensada para estadistas con cierto grado de lucidez, no para monos con navaja.



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La reforma judicial

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El fin de la República


La justicia es seguramente el poder más deficiente de la Argentina. Décadas y décadas de impunidad han estimulado la corrupción y la delincuencia en todos los niveles de la ciudadanía, desde quienes roban a mano armada como oficio hasta quienes lo hacen desde su escritorio ocupando un cargo político, ya sea ejecutivo o legislativo. Entre esos dos extremos, existe una sociedad que se ha acostumbrado a la supervivencia social cuasi anárquica, desconociendo las reglas sobre las que debería enmarcarse la debida convivencia. Argentina es el país de la coima, la evasión y la trampa porque el delito no tiene castigo oportuno.

La justicia necesita sin lugar a dudas una reforma. Habría que renovar magistrados que datan desde hace décadas y nombrar nuevos jueces para ocupar la gran cantidad de vacantes que existen sin explicación. También deberían buscarse mecanismos para penalizar arduamente a todos aquellos integrantes del poder judicial que de un modo u otro obstruyen el curso de las causas, o directamente adulteran pruebas y tuercen la ley para influir en los fallos. Muchos cambios podrían promoverse en el ámbito de la justicia en aras de su independencia y prontitud. La democratización de la misma, sin embargo, no es uno de ellos.

La reforma propuesta por el oficialismo es otro intento despótico de avanzar sobre los pilares del sistema republicano. Aquella frase que a priori sonaba exagerada y vehemente, ahora pareciera ser tan sólo una triste realidad del estilo conductivo: van por todo. La democracia no puede comerse a la República, porque en nuestro sistema político es inconstitucional, pero fundamentalmente porque es la única manera de que las minorías tengan esperanza de justicia. Esto último no es un dato menor si consideramos que las mayorías también tienden a equivocarse; ¿o acaso Argentina no es un claro ejemplo de ello? Las mayorías yerran, es una realidad. Imaginemos el tamaño del error si además de elegir a los políticos, eligiéramos también a los representantes de la justicia. Si en la Argentina de hoy la justicia no es independiente, ¿qué sería de ella en un escenario en el que los jueces fueran designados por funcionarios oficialistas? Sería, lisa y llanamente, el fin de la República.

Entre las muchas voces que se pronunciaron al respecto, escuché a un constitucionalista decir que no se trata de un proyecto para democratizar la justicia, sino para domesticarla. Quizás no haya mejores palabras para describir este intento de arrebato tan evidente que atenta contra los derechos esenciales de todos los argentinos. La justicia tiene que estar separada de la política para garantizar un mínimo grado de independencia y toda tentativa de politizarla esconde siniestras intenciones de manipularla.

La República es el país que queremos, el que anhelamos, el ideal; el que siempre está pese a quién sea el gobernador de turno. La República es apolítica, y es también la garantía de que los derechos individuales de todos y cada uno serán respetados más allá de las diferencias ideológicas. Sin justicia independiente se acaban las garantías y se extingue la República. Ése no es el país que alguna vez soñaron los próceres, ni el que queremos todos los que anhelamos un país democrático y ecuánime. Si nos arrebatan la República, nos arrebatan el pasado, el presente y el futuro de la Argentina.


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Inundaciones en Buenos Aires

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La verdadera tragedia


Otra vez la catástrofe. Que el agua caiga del cielo a chorros incontenibles es una desventura excepcional, pero la verdadera tragedia, lo que mata en la Argentina, continúa siendo la desidia política.

La reacción de los dirigentes fue inmediata, aunque no para auxiliar a los perjudicados sino para intentar capitalizar políticamente un hecho tan desafortunado. Las acusaciones cruzadas y el ida y vuelta de culpas de poco ayudó mientras las víctimas salían a flote de las profundidades de una inundación fortuita, pero producto de una urbanización irresponsable. No sólo los muertos han asomado a la superficie de este desastre, sino también la improvisación, la corrupción y la ineptitud con la que somos conducidos.

Somos todos responsables. La clase dirigente, en un país con democracia, no puede ser más que una muestra de su sociedad. En lo estrictamente meteorológico, la tormenta ha pasado y el cielo pronto volverá a despejarse. En el plano político y social, sin embargo, el pronóstico sigue negro.

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Acuerdo con Irán

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La ley de relatividad aplicada a los derechos humanos.


Resulta increíble que un gobierno que se autoproclama defensor de los derechos humanos y la igualdad de género concilie intereses con un país que no respeta ninguno de los dos. Causa vergüenza e indignación que el país del que uno es oriundo llegue a un acuerdo –con meros fines económicos– mediante el cual prácticamente se descarta la existencia de justicia para con el hecho terrorista más horroroso de su historia.

La connivencia entre quienes decidieron apoyar esta ley deja en manifiesto la decadencia ética y moral por la que hoy en día atraviesa Argentina, no sólo en el ámbito diplomático y político, sino también en el plano social. Lo que está sucediendo es literalmente una injusticia cuya víctima, quizás por escasa representatividad, debe resignarse a aceptar en estado absoluto de desconsuelo mientras desde lo más alto del poder ejecutivo se jactan de promover la férrea defensa de los derechos básicos de la humanidad.

Decir que está mal pactar con un país que niega el holocausto ahora resulta que es una afirmación tendenciosa. El canciller denuncia “chicanas” cuando le preguntan por qué el acuerdo se firmó el día en que se rememora una de las épocas más oscuras de la historia moderna, como si ello no pareciera en absoluto una provocación hacia la comunidad judía argentina; como si justamente, un estado obsesionado con denostar el judaísmo, no se percatara de la fecha.

La coherencia se diluye en un crisol de ignorancia y resentimiento. Los derechos humanos en Argentina son potestad exclusiva de quienes suscriben al modelo y nada más, muchos de ellos pertenecientes a la eterna lacra oportunista argentina. Poco hay de genuino en una política sospechada de progresista pero exclusivamente proselitista. ¿Quién da la cara por las víctimas del atentado a la AMIA? Nadie, a quién le importa, después de todo, si los judíos no forman parte del electorado oficialista… Derechos humanos tergiversados, ambiguos y asquerosamente manoseados: crónica de una nefata estrategia populista.

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El voto a menores


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Votar a los 16, sin saber lo que es un derecho...


Los vicios despóticos del poder no reconocen límites. Esta vez, contra toda existencia de escrúpulos y a pesar de las excusas, les toca a los chicos. Los cínicos esconden sus intereses proselitistas detrás de un discurso humanista y democrático. Los ingenuos, que son muchos, les creen. A pocos se les ocurre anteponer la discusión del bajísimo nivel de escolaridad que existe hoy entre los adolescentes argentinos.

En un país donde un importante porcentaje del electorado es manipulado a través de la extorsión y las dádivas, se busca ahora ampliar la nómina de víctimas con una ley de dudosas intenciones.

Sería más prudente invertir el tiempo en procurar que todos los menores terminen la secundaria con plena conciencia cívica, entendiendo cuáles son sus derechos y obligaciones dentro de la sociedad, sin injerencias partidarias de ningún tipo.

Politizar las generaciones futuras desde el seno adolescente en la Argentina de hoy, suena más a un intento de manipulación partidario que a una idea progresista. El gobierno de turno continúa obviando las prioridades sociales, en una gestión que comienza a dar escalofríos.


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Corrupción en Argentina

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La desvergüenza de los idealistas.

En los últimos años me he visto defraudado por muchos referentes de la opinión pública a quienes solía admirar no necesariamente por sus ideales, sino por la invariable y crítica posición que solían adoptar ante la corrupción y la impunidad en nuestro país. Hablo de artistas, intelectuales y periodistas que hoy apoyan incondicionalmente un modelo de gobierno que pareciera contradecir sus antiguas convicciones.

Es inevitable pensar en la complicidad de los formadores de opinión desde cualquier ámbito, cuando éstos niegan o minimizan hechos de corrupción incuestionables e inadmisibles. Sospecho que algunos lo harán por dinero, pero muchos otros por ideología. Está bien pensar distinto; las ideas son debatibles y sobre todo respetables. Los valores, sin embargo, son indiscutibles. En una democracia, no existe ideal que valga la pena defender en desmedro de la independencia judicial.

Tanto en la historia nacional como en la internacional, existen sobrados ejemplos de qué sucede con una sociedad en la que los ideales se anteponen a la ética y la moral. La manipulación de la justicia es pavorosa, pero lo verdaderamente escalofriante es que se robe y se mienta en nombre de los pobres y los desaparecidos. Los delincuentes y los mercenarios no tienen escrúpulos; algunos idealistas, en cambio, lo que no tienen es vergüenza.


 
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