Ideas de una mente indómita...

El futuro de Argentina

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¿Qué será del futuro de Argentina? La pregunta obligada y viejamente repetida que los ciudadanos argentinos venimos haciéndonos hace ya 3 generaciones. Se lo preguntó mi abuelo hace 65 años, cuando tuvo que huir del franquismo y dejar atrás su patria querida, por la cual había luchado poniéndole el pecho a las balas, literalmente. Aún se lo pregunta mi padre, también inmigrante, pero argentino por adopción desde muy temprana edad. Y finalmente me lo pregunto yo, nacido y criado en Argentina y luego expatriado por motivos laborales, y por qué no, también algo de curiosidad.

Vivir afuera ofrece una perspectiva invaluable, de lo bueno y de lo malo. Lo bueno en Argentina no es trivial, aunque a veces parezca serlo. Suele suceder que desde adentro no somos capaces de vislumbrar nuestro potencial objetivamente, pero afuera el paradigma se transforma. Argentina es un país chico en el que sólo un bajo porcentaje de la población puede viajar, y aun así, es común encontrarse con argentinos en los puntos más recónditos del planeta. No es casual. La experiencia me ha enseñado que los argentinos tenemos una impronta competente, ideas creativas y mucha adaptabilidad. Han sido muchos los conocidos de diversas nacionalidades que me han sugerido no comprender la realidad de nuestro país, dada la enorme capacidad de sus habitantes. Si a esa cualidad humana favorable le sumamos la existencia de un vasto territorio geográfico escasamente poblado, dotado de todos los climas y paisajes y plagado de recursos naturales, la paradoja cobra dimensiones incalculables. ¿Qué es, Argentina, sino una enorme e interminable paradoja?

Lo malo en Argentina es muchísimo menos que trivial; es, de hecho, tan significante que avasalla todo lo bueno. ¿Pero qué es lo malo en Argentina?, ¿ la corrupción?, ¿la inseguridad? o ¿la pobreza?; ¿la inaudita improvisación gubernamental?, ¿la increíble falta de sentido común? ¿Acaso son los argentinos el problema de Argentina? Sería difícil de creer que la naturaleza humana del ciudadano albiceleste estuviera signada por un destino infame. Hay distingos culturales importantes en el amplio espectro de razas y civilizaciones que habitan en este mundo, pero no es coherente asumir que el ciudadano argentino esté predestinado al fracaso, como si se tratara de una maldición antropológica excepcional.

Todos somos diferentes, eso es indiscutible. La cultura nos influencia, caracterizando nuestras creencias y hábitos, pero no nos define esencialmente. He tenido la suerte de relacionarme con personas oriundas de todos los continentes y puedo aseverar, sin miedo a equivocarme, que no son las cualidades individuales las que garantizan el éxito de una sociedad, sino el contexto. Porque el ser humano, de sur a norte y de oriente a occidente, con más o menos frío, es naturalmente trasgresor desde el seno materno. El secreto no está en cambiarlo, sino en contenerlo.
Tardeo o temprano, cuando el sistema funciona, todos nos ajustamos a las reglas de juego, así no nos gusten. Vivir afuera me ha permitido comprobar que los países que mejor funcionan son aquellos donde las reglas se cumplen, no por buena voluntad y consciencia cívica, sino por la certeza del castigo. Hay algo más poderoso que el instinto trasgresor en la naturaleza humana: el instinto de supervivencia. Nadie en sus cabales busca dañarse a sí mismo, y cuando el daño futuro de trasgredir los límites es percibido como cierto e inminente, el instinto de conservación prevalece. Si por el contrario no hubiera percepción de daño cierto, y mucho menos oportuno, los límites se difuminan.

La impunidad desvirtúa a la sociedad. Una civilización en la que las reglas no aplican converge hacia la ley de la selva; el sálvese quien pueda. No importa quienes participen de ella, si argentinos o suizos, el ser humano se adapta al ambiente. En Argentina, sin ir más lejos, hay antecedentes de corrupción de empresas norteamericanas, suecas y alemanas. En contraposición, en Estados Unidos, Suecia y Alemania, hay también muchos antecedentes de argentinos que pagan todos sus impuestos y jamás han intentado sobornar a un funcionario público. Esto último no es un milagro, sino una prueba.

La enfermedad argentina no es el intransigente gobierno de turno y su cepo al dólar, ni el narcotráfico, ni la corrupción policial y política. Esos son sólo síntomas, como lo es también el común infringir del argentino estereotipo. Es importante dar de una vez por todas con el diagnóstico correcto, porque de lo contrario, las generaciones venideras continuarán errándole a la cura. Argentina, afortunadamente, no necesita modificar la genética de su ciudadano para cambiar el futuro, sino lograr que se respeten las reglas de convivencia. Por encima de todas las demás prioridades, la República necesita constituirse como tal y hacerse respetar. Se empieza por la justicia, y lo demás llegará solo. La economía y la política son medios. La justicia es un fin.


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