Ideas de una mente indómita...

Ataques terroristas en París

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El equilibrio de los justos.



Otra vez el salvajismo. La irracionalidad y la vehemencia religiosa volvieron a encontrar cauce en la violencia extrema, llevándose consigo a más de un centenar de almas inocentes. París, la mítica capital del amor y el epicentro cultural más diverso del planeta, una maldita noche se tiñó de sangre y quedó manchada por el resto de sus días.

Una atrocidad semejante merece una respuesta compleja. Los responsables materiales e ideológicos de este terrible atentado no son dignos de misericordia, como no lo es nadie que no sepa reconocer la humanidad en sus semejantes. El fanatismo religioso extremo debe ser reprimido hasta las últimas consecuencias desde todos los frentes posibles, pero también hay que tener cautela y saber ponderar las consecuencias de un actuar desmedido. Extender el rencor hacia toda la comunidad musulmana sería quizás la peor de las reacciones, y seguramente uno de los cometidos de quienes perpetraron los múltiples asesinatos.

Occidente tiene la dificilísima tarea de encontrar el equilibrio entre la guerra y la paz, a partir de saber identificar a víctimas y victimarios. El pueblo musulmán es también víctima de un terrorismo que se dice su mandatario, pero que en realidad ni siquiera respeta los preceptos del Islam. A ellos también se los debe contener y defender en aras de un futuro libre de violencia y miedo.

Los estadistas tienen la obligación de reaccionar contra los responsables. Nuestra obligación, en cambio, como ciudadanos del mundo, es respetar la libertad de culto y entender que sólo las acciones deben juzgarse, no las ideas. Debemos, ante todo, demostrarle a los violentos que nosotros sí sabemos reconocer la humanidad por sobre las creencias, y que más allá de cualquier diferencia, podemos convivir en forma civilizada.


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