Ideas de una mente indómita...

La reforma judicial

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El fin de la República


La justicia es seguramente el poder más deficiente de la Argentina. Décadas y décadas de impunidad han estimulado la corrupción y la delincuencia en todos los niveles de la ciudadanía, desde quienes roban a mano armada como oficio hasta quienes lo hacen desde su escritorio ocupando un cargo político, ya sea ejecutivo o legislativo. Entre esos dos extremos, existe una sociedad que se ha acostumbrado a la supervivencia social cuasi anárquica, desconociendo las reglas sobre las que debería enmarcarse la debida convivencia. Argentina es el país de la coima, la evasión y la trampa porque el delito no tiene castigo oportuno.

La justicia necesita sin lugar a dudas una reforma. Habría que renovar magistrados que datan desde hace décadas y nombrar nuevos jueces para ocupar la gran cantidad de vacantes que existen sin explicación. También deberían buscarse mecanismos para penalizar arduamente a todos aquellos integrantes del poder judicial que de un modo u otro obstruyen el curso de las causas, o directamente adulteran pruebas y tuercen la ley para influir en los fallos. Muchos cambios podrían promoverse en el ámbito de la justicia en aras de su independencia y prontitud. La democratización de la misma, sin embargo, no es uno de ellos.

La reforma propuesta por el oficialismo es otro intento despótico de avanzar sobre los pilares del sistema republicano. Aquella frase que a priori sonaba exagerada y vehemente, ahora pareciera ser tan sólo una triste realidad del estilo conductivo: van por todo. La democracia no puede comerse a la República, porque en nuestro sistema político es inconstitucional, pero fundamentalmente porque es la única manera de que las minorías tengan esperanza de justicia. Esto último no es un dato menor si consideramos que las mayorías también tienden a equivocarse; ¿o acaso Argentina no es un claro ejemplo de ello? Las mayorías yerran, es una realidad. Imaginemos el tamaño del error si además de elegir a los políticos, eligiéramos también a los representantes de la justicia. Si en la Argentina de hoy la justicia no es independiente, ¿qué sería de ella en un escenario en el que los jueces fueran designados por funcionarios oficialistas? Sería, lisa y llanamente, el fin de la República.

Entre las muchas voces que se pronunciaron al respecto, escuché a un constitucionalista decir que no se trata de un proyecto para democratizar la justicia, sino para domesticarla. Quizás no haya mejores palabras para describir este intento de arrebato tan evidente que atenta contra los derechos esenciales de todos los argentinos. La justicia tiene que estar separada de la política para garantizar un mínimo grado de independencia y toda tentativa de politizarla esconde siniestras intenciones de manipularla.

La República es el país que queremos, el que anhelamos, el ideal; el que siempre está pese a quién sea el gobernador de turno. La República es apolítica, y es también la garantía de que los derechos individuales de todos y cada uno serán respetados más allá de las diferencias ideológicas. Sin justicia independiente se acaban las garantías y se extingue la República. Ése no es el país que alguna vez soñaron los próceres, ni el que queremos todos los que anhelamos un país democrático y ecuánime. Si nos arrebatan la República, nos arrebatan el pasado, el presente y el futuro de la Argentina.


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