Ideas de una mente indómita...

La muerte de Hugo Chávez

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Con las botas puestas


Murió Hugo Chávez, quizás una de las figuras populares más emblemáticas de la última década en América Latina. Se fue en silencio, sin despedidas, en tiempo y forma advertidas por muchos a quienes desde el círculo chavista denostaron, maltrataron y acusaron de conspiradores. Lo cierto, más allá de toda especulación, es que el mandatario pereció rodeado de mentiras, dejando en manifiesto, incluso en su instante final, lo que era capaz de hacer por retener el poder.

Su muerte genera tristeza, no sólo hacia su persona y los suyos, sino también hacia el pueblo venezolano. Chávez se ha llevado a la tumba el afecto de millones de personas a quienes les costará digerir la noticia. Seguramente un porcentaje importante del electorado sentirá frustración y decepción ante un final tan abrupto, luego de que hace muy poquito tiempo se afirmara que el revolucionario bolivariano estaba completamente curado, en apenas otro capítulo más del relato épico que supo caracterizar al difunto presidente. Tristeza, decepción y frustración de descubrir que la misma democracia ha sido manoseada en el pueril intento –individual y colectivo– de permanencia soberana, aun sabido enfermo terminal. Es hasta perverso pensar que los tiempos han sido pensados milimétricamente para que la fábula rindiera frutos en plena campaña electoral. Chávez no se mostró entero cuando pudo, sino cuando debió.

Falleció un déspota, un líder político anacrónico obnubilado por la adicción más destructiva a la que puede ceder el hombre. Fue fiel a su estilo hasta el final, y preso de sus vicios finalmente cayó con las botas puestas. Murió de cáncer, sí, pero su peor enfermedad fue claramente el poder.

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