Ideas de una mente indómita...

La muerte de Videla


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Hierba mala también muere.



Ha muerto un dictador. Quizás el epíteto sea el más benigno para tan siniestro partícipe de la historia argentina. También fue un asesino, que ni siquiera en instancias finales de su vida se dignó a buscar el arrepentimiento. Expiró, como tantos otros, llevándose a la tumba el odio impregnado en el cuerpo.

Sólo los imberbes y los pusilánimes se alegran ante la muerte ajena. No hay motivo de festejo. Hay, en cambio, un silencio que debería aprovecharse para la memoria y la catarsis. Que tomen nota los violentos, los irracionales y los déspotas que en el ejercicio del poder van por todo sin miramientos: silenciar al contrario jamás valdrá la pena.



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