Ideas de una mente indómita...

La muerte del fiscal Nisman

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Muerte en la víspera.


El fatídico destino de los suicidas no reconoce momentos. Quizás fuera eso, o tal vez, como supo sugerir un periodista afín al oficialismo, la irresistible sensación de infamia y vergüenza lo que llevó al fiscal Nisman a apretar el gatillo, apenas unas horas antes del día más trascendental de su carrera. La suspicacia inevitablemente toma partido en tan sugerente fallecimiento. Las pericias por lo pronto sugieren suicidio, cuando el sentido común escupe alaridos de homicidio.

El camino hacia una República con verdadera independencia de poderes es sinuoso. Como ejemplo está Estados Unidos, un país que ha visto correr la sangre de sus más altos referentes políticos en pos de la democracia. Argentina todavía está lejos de ese ideal de país que los políticos oficialistas se empeñan en querer vendernos, y la muerte de Alberto Nisman es la clara prueba de ello. Es un mensaje de impunidad, pero también una señal de desesperación, porque matar a alguien en el ojo de la tormenta implica quemar las naves, apelar a un último recurso. Un recurso, de más está aclararlo, que nos remonta a las épocas más oscuras de la Argentina.

La democracia ha sido herida por un trágico hito este fin de semana; quizás el suceso de mayor gravedad institucional de los últimos 30 años. Mientras en la televisión pública enseñan a hacer tortas fritas y los activistas más renombrados de los derechos humanos guardan un doloroso silencio, los que verdaderamente queremos una República nos seguimos escandalizando sin consuelo. Este gobierno, el de las madres de plaza mayo, el de los artistas y los grandes referentes de los derechos humanos, termina su mandato con las manos manchadas de sangre. Somos todos responsables.




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