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Volatilidades en sus mínimos históricos

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Otra distorsión propia de tasas de interés artificialmente bajas.



El 2013 ha sido una pesadilla para todos aquellos que arbitran primas de riesgo, y en especial, para los traders de opciones. Los más supersticiosos quizás busquen el motivo en los últimos dos dígitos de la cifra anual, aunque las razones poco tengan que ver con esoterismos. El precio del riesgo, como muchos otros precios de la economía, también ha sido víctima de una política monetaria ultra laxa e inacabable.

Las volatilidades implícitas se han desplomado a sus mínimos históricos en la mayoría de los mercados, sin excepción. El emblemático indicador de riesgo en el mercado de acciones, el índice VIX, inesperadamente regresó a los niveles de 2007, cuando las expectativas de crecimiento rondaban el 5% anual (vs. 1.5-2% hoy). Pero el mercado accionario es apenas un ejemplo paradigmático. La lista de los activos que hoy se encuentran subvaluados en cuanto a sus posibilidades de variación en el tiempo es prácticamente inacabable, sin distinciones entre la plaza financiera y los commodities. La volatilidad implícita del petróleo, sin ir más lejos, alcanzó su mínimo histórico este año al llegar a 16.5%, un nivel de riesgo prácticamente irrisorio para un activo que suele mostrar variaciones de valor abruptas cuando surge alguna disrupción en el mercado.

Índice VIX
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La volatilidad implícita es una medida de incertidumbre cierta y cuantificable que refleja la percepción de los inversores acerca de las variaciones del precio de los activos. Cuanta más incertidumbre, mayor es la prima de riesgo que los agentes deben pagar para cubrir sus posiciones de cambios radicales y opuestos a sus expectativas. Dicho de otra manera, la volatilidad implícita es un índice de miedo que reacciona frente al riesgo de perder dinero, y existen dos factores fundamentales que influyen sobre la psicología del inversor, predisponiéndolo de una u otra manera ante un escenario económicamente adverso: confianza y costo del dinero.

Volatilidad implícita del petróleo
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El primero es un término amplio. La palabra “confianza” abarca una infinidad de aspectos a tener en cuenta por parte de quien interviene en los mercados comprando o vendiendo activos, aunque el rumbo de la economía sea usualmente el tema preponderante. Épocas de expansión económica y paz social están generalmente asociadas a una psicología de mercado positiva y despreocupada, donde no hay mucho espacio para la desconfianza. Las crisis económicas, en cambio, generan movimientos violentos en los precios, dada la altísima desconfianza de los agentes intervinientes. La crisis estadounidense de 2008, sin ir más lejos, es un claro ejemplo de lo que la desconfianza significa en momentos de contracción. El VIX llegó a alcanzar en aquel año su máximo histórico de 80%, lo que en términos prácticos significaría que las expectativas anuales de cambio de precio de un activo que valía 5 iban de 1 a 9. No muy diferente a las expectativas que uno tendría de una jornada lúdica en un casino…

El segundo concepto es bastante más simple. El dinero que se invierte siempre tiene un costo que depende, obviamente, de las tasas de interés a las cuales son accesibles los recursos. Cuando las tasas de interés son altas, la percepción del riesgo también es mayor, porque las pérdidas son acentuadas por el costo añadido de conseguir los recursos. A una tasa del 5%, una inversión de 100 unidades de recursos tiene una tasa de corte de 5 unidades, y toda ganancia inferior a 5 es básicamente pérdida. Tan simple como eso. Cuanto más alto es el costo del capital, más amplio es el umbral de pérdida, y por tanto, más elevada la percepción del riesgo. Incluso si uno estuviera sobrado de recursos, una tasa de interés alta elevaría el costo de oportunidad entre invertir y dejar el dinero en el banco a un rendimiento libre de riesgos de corto plazo.

La confianza y las tasas de interés son entonces los dos pilares de la percepción del riesgo. Sin lugar a dudas, el predominante es el primero. Cuando las expectativas son funestas, no importa cuán accesible sea el dinero, y los últimos cuatro años han sido testigos de ello. Sin embargo, cuando las aguas se calman y la tormenta se percibe lejana, el costo del dinero comienza a tener un rol predominante. El 2013 también es un buen caso testigo acerca de ello. Los indicios de que la economía norteamericana estaría recuperándose han sepultado la percepción del riesgo que primó en los mercados durante casi media década. Las acciones baten récords históricos al tiempo que la volatilidad implícita se escurre entre los dedos de los traders de opciones. No es que EEUU transita su mayor ciclo expansivo de la historia, sino que su banco central no para de regalar dólares a los inversores. Existen una causa y un efecto, y sobre todo un argumento justificativo en el mercado financiero que retroalimenta las expectativas: las acciones del 2009 a la fecha han tenido un rendimiento anual promedio del 12%, lo que es, en ausencia de costos de financiación y superada ya la crisis, no menos que una maravilla de la rentabilidad. Quizás artificial, pero maravilla al fin.

El dinero no será gratuito por siempre, pero mientras lo sea, endeudarse a cero y esperar más del 10% es la elección del universo inversor. El cambio de paradigma llegará en forma conjunta, quizás, cuando las expectativas de suba de la tasa de interés contribuyan a la desconfianza también. Para entonces, es de esperar no sólo que se desplomen los precios, sino también que suban las volatilidades. Algunas burbujas reventarán y otras volverán a inflarse: es la dinámica de mercado a la que nos ha sometido la Reserva Federal de EEUU con una política monetaria expansiva que pareciera no encontrar punto final.





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