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El precio del oro.


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En los últimos 10 meses, pese a los vaticinios alcistas de la mayoría de los analistas y bancos de inversión, el oro cayó casi un 20%, desdibujando la sonrisa de más de un inversor y desmitificando la percepción acorazada de solidez que reina en el inconsciente colectivo del mercado. La pregunta es sencilla: ¿por qué no logra reponerse el oro? Las respuestas, en los mercados, siempre son complejas y meramente ensayísticas.

Para desentrañar las razones que llevan a los inversores a desprenderse del oro, primero debemos remontarnos a los motivos que llevan a comprarlo. Empecemos por definir que todo bien o servicio tiene un valor funcional, algo para lo que sirve y por lo cual estamos dispuestos a ponerle precio. En el caso del oro, erróneamente puede pensarse que ese valor funcional derive de la orfebrería, cuando en realidad ésta última es más bien una consecuencia –una forma alternativa– del verdadero rol del metal precioso en la economía. El oro históricamente sirvió como bien de intercambio y por tanto, reserva de valor. La orfebrería, entonces, es una disciplina que deriva de la real naturaleza funcional del oro, luego de que los acaudalados descubrieran que poseer y atesorar riqueza podía también tener variantes asociadas a la estética, el arte y la decoración. Lo cierto es que el oro ha sido siempre una forma de acumular y conservar patrimonio, desde tiempos remotos hasta ya entrada la economía moderna, cuando la existencia de papel moneda debió ser respaldada con reservas en metal –de ninguna otra manera podría el público confiar en un pedazo de papel–. El “patrón oro”, esa política monetaria que exigía a los bancos centrales respaldar su emisión de dinero con reservas físicas de oro, ya no existe más, pero la percepción de valor del metal precioso sigue intacta.

Los tiempos cambian. La tecnología y la proliferación de las comunicaciones nos evitan hoy el trajín de tener que comprar y almacenar oro físicamente y en cambio, comprar futuros o índices que repliquen su precio. El atractivo principal del oro es un antecedente histórico imbatible, en comparación con cualquier otra moneda de intercambio en el mundo: conserva o incrementa su valor con respecto a la economía como ningún otro activo. Como prueba irrefutable de ello está la última década, en que incrementó su precio 5 veces de 350 a 1800 dólares la onza. El oro, a diferencia de las monedas, no se deprecia ni sufre devaluaciones vinculadas a la percepción del riesgo soberano de cada país. Es por eso que usualmente, cuando los mercados perciben riesgo en alza, el oro incrementa su valor en desmedro del valor de los activos de renta variable –las acciones, por ejemplo–.

La escalada más violenta en el precio del oro se dio a partir de 2008. Esa fuerte percepción relativa de valor explicada en el párrafo anterior, tuvo su máxima expresión cuando por primera vez en décadas emergieron serias dudas acerca de la economía estadounidense, y por añadidura, la economía global. Los inversores entonces comenzaron a deshacerse de sus activos riesgosos para refugiarse en bonos y en el más seguro de todos los activos desde la existencia del trueque: de nuevo, el oro. Como si eso fuera poco, las políticas del banco central norteamericano tuvieron también efectos propulsivos. Los famosos QE 1 y 2 (Quantitative Easing) suenan sofisticados pero no lo son, se trata lisa y llanamente de imprimir billetes para comprar bonos y así incrementar la oferta monetaria. Ahora bien, exceso de liquidez en un mercado donde todavía reina el miedo, en vez de restituir la confianza, genera una burbuja. Gran parte del precio del oro de 2008 a la fecha responde a esa burbuja. Exceso de dinero sin ánimo de inversión llevaron a los agentes económicos a refugiarse en el metal precioso, entre otros activos, simplemente por ser un activo que históricamente conserva su valor mejor que la moneda en general.

Pero las cosas cambian, y también las expectativas. La economía americana, luego de mucho sufrir, detuvo su recesión y nuevamente comenzó a crecer, disminuyendo su desempleo del 10% al 8% en 2 años . La consistente generación de puestos de trabajo, si bien todavía no es suficiente para arribar al 5% de desempleo que supone el pleno empleo en Estados Unidos, ha comenzado a cambiar la psicología del inversor promedio, y también el mensaje de la Reserva Federal. La caída del precio del oro hoy tiene básicamente un doble fundamento causa-efecto: la economía americana genera empleo por sí sola y por ende, mientras el desempleo continúe cayendo, la intervención del Banco Central no será necesaria.

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Cuando la confianza regresa a los mercados, luego de 4 años de estar refugiado, el inversor decide salir, y eso significa vender el oro que compró y usar ese dinero en alguna otra inversión alternativa. Análogamente, la confianza de los agentes económicos elimina la necesidad intervencionista de la Reserva Federal, y por tanto, la no existencia de QE 3, un programa de liquidez que gran parte del mercado aún da por hecho, y seguramente la base fundamental sobre la cual se sostiene todavía el precio del oro. Sin embargo, si acaso QE3 no existiera, en el mercado habrá menos liquidez y más confianza. No es una buena combinación para un activo que se ha apreciado en los últimos años como consecuencia de la aversión al riesgo y el exceso de dinero. Mayor apetito por la inversión y menos dinero disponible incrementa el costo de oportunidad de tener oro. Si el desempleo en EEUU continúa cayendo y no hay indicios de inflación, por paradójico que suene, el horizonte del oro ya no será dorado… Será más bien negro.

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