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Economía mundial.


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Psicología alcista con horizonte corto.

Si acaso los distraídos no se han dado cuenta, el 2013 ha comenzado con bombos y platillos para los inversores. Difícil de creer, en un contexto en el que los desafíos todavía son visibles en el horizonte, que los mercados de repente alcancen niveles record. Es el caso de los índices de acciones en EEUU, que alentados por una seguidilla de buenas noticias en materia económica, ha elevado el entusiasmo de los compradores; o también podría usarse como ejemplo el petróleo, que hace ya dos meses que no detiene su suba gracias a sospechas de que la demanda en un futuro será mayor, aun cuando el principal consumidor de crudo en el mundo afirme que su producción de energía está en franco y vertical aumento.

Europa, uno de los mayores catalizadores de riesgo el año pasado, pareciera haber superado de un instante a otro todos sus conflictos regionales. EEUU, cuyo número de desempleo presentado la semana pasada fue mayor de lo esperado (7.9% contra 7.8% pronosticado) disfruta de la buena opinión de los analistas, que aseguran que el país se encuentra en el camino del crecimiento. Y China, claro, el otro gigante de la economía agregada, ha sabido esquivar los miedos a un inminente estancamiento de su tasa de expansión. Está todo bien en el mundo, o al menos eso pareciera. Y ahora, la pregunta: ¿está todo bien en el mundo?

Las cosas están mejor, sin lugar a dudas, pero tanta emoción trasladada a los precios en principio suena a desmesura. El termómetro de los precios de los activos siempre se halla en el crecimiento agregado. China todavía crece a casi un 8%, sí, pero EEUU y Europa promedian menos de un 1% entre ambos. ¿Se justifica que los activos regresen a sus máximos valores, sin existencia de inflación y con una economía creciendo 3 veces menos de lo que solía en los tiempos en que se registraron tales precios? En principio la respuesta pareciera ser que no, pero una tasa de interés rayana a cero continúa haciendo estragos con los precios relativos. El precio de un activo en el presente no es más que su valor sospechado a futuro descontado por una tasa de interés, y hoy, ese divisor es casi inexistente.

Dejando de lado las complicaciones que tiene Europa en reestructurar la región y los enormes desafíos que tiene EEUU en materia fiscal (hoy ambos no tenidos en cuenta en la prima de riesgo), el mayor componente a considerar por los mercados será precisamente la tasa de descuento, porque pese a una promesa confusa de largo plazo del Banco Central norteamericano, en realidad nadie sabe cuál es el horizonte de una tasa de interés inexistente. Hoy el presente lleva un plus porque el dinero no tiene valor en el tiempo, pero cuando haya evidencias de que esto cambie, los precios relativos se reacomodarán según los nuevos criterios. Lo peligroso y a la vez paradójico de tanta psicología alcista, es que está sostenida sobre bases vulnerables desde el ángulo en que se mire. Si los analistas tienen razón y efectivamente el desempleo comienza a caer en EEUU y Europa, alentando el crecimiento global, futuras expectativas de inflación obligarán a subir las tasas de interés, engrosando la tasa de descuento y por tanto debilitando el precio presente de los activos. Si por el contrario, los datos económicos a futuro no mejoraran, entonces los miedos que hoy se esconden debajo de la alfombra aflorarán nuevamente, aumentando la prima de riesgo y repercutiendo también sobre la tasa de descuento que ajusta el precio de los activos.

Todo crecimiento sustentable por lo general es lento y armonioso. Las grandes variaciones de corto plazo casi siempre encuentran correcciones igual de abruptas. Las cosas están mejor, pero tanta algarabía en los mercados pareciera a priori exagerada. Las burbujas van y vienen, como el dinero.




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