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Nuevo presidente en EEUU

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La pesadilla americana.


Mientras la prensa especializada y el establishment político se rasgan las vestiduras, Trump se prepara para ocupar el sillón más preciado del mundo. Todo el aparato mediático norteamericano en su contra no fue suficiente para frenar al provocador magnate, que alcanzó el poder apelando a la receta menos pensada: romper todas las reglas de la política.

Los miopes se siguen preguntando cómo puede ser, sin reparar en los motivos que llevaron al resultado. Creer que Trump es el problema quizás sea tan infame como creer que es la solución. El nuevo presidente de los EEUU es, sobre todas las cosas, una consecuencia de la decadente política económica llevada a cabo durante más de una década.

La crisis de 2008 presentó una enorme oportunidad de cambio para EEUU. Obama, recién ungido presidente, podría haber utilizado el peor descalabro financiero de la historia para cambiar un paradigma económico destructivo, pero prefirió no inmiscuirse por miedo al costo político. Entonces cedió el protagonismo a la Reserva Federal, que a falta de cambios profundos en la política económica real, eligió financiar la maratónica deuda de un estado venido a menos imprimiendo dólares. El dinero perdió valor, literalmente. Hubo lluvia de papelitos de colores y más de 7 años de tasas de interés reales negativas. Ideal para los ricos, que fueron quienes se vieron beneficiados por estas políticas tan progresistas. Allí, precisamente, se quedó el dinero: en los ricos. La falta de incentivos a la producción y la gratuidad del recurso desalentaron la inversión productiva: los billetes se estacionaron en el sector financiero y fueron a parar a acciones y bonos, sin producir el típico efecto cascada que vitaliza la economía real. Falló el multiplicador de la base monetaria. Las bolsas subieron, al tiempo que las fábricas comenzaron a perder competitividad por falta de inversión. La productividad entró en estado de coma y la industria manufacturera cedió terreno a las importaciones. La mano de obra calificada, esa clase social tan representativa del estereotipo de ciudadano norteamericano, quedó cesante y jamás pudo recuperar su empleo. Tuvo que conformarse, en cambio, con dobles turnos detrás de una barra de un bar y ver su sueño americano convertirse en pesadilla.

Nada ha cambiado desde la crisis de 2008, amén de ciertas regulaciones bancarias que hasta incluso conspiran en contra de que los bancos presten dinero. Sin embargo, la mayoría de los especialistas económicos y los políticos han preferido mirar hacia un costado y continuar como si nada pasara. Tal ha sido la pasividad bipartidaria (oficialismo y oposición), que ni siquiera un buen candidato lograron generar. Ese vacío fue ocupado por Trump, una especie de Frankenstein engendrado por la desidia de la clase política y la desesperación de un pueblo que no logra ser escuchado. Trump no es el resultado de la ignorancia de medio país, como buscan venderlo en un sector de la prensa, sino más bien un grito de desahogo, un manotazo de ahogado ante la ausencia de alternativas.
Trump no es problema ni solución, pero quizás sea el impacto que necesita EEUU para salir de su letargo; el baldazo de agua para despertar de la pesadilla y comenzar a pensar, nuevamente, como reconstruir un sueño.



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