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Tasas de interés reales negativas

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La brújula sin norte.


E
n un mundo ideal, donde existieran los equilibrios, la productividad marginal del capital debería igualarse a la tasa real de interés. Por supuesto que no vivimos en un mundo ideal, pero esta teoría económica es lo suficientemente intuitiva como para ser utilizada de ejemplo: el exceso de rendimiento que prima sobre el retorno libre de riesgo debería ser explotado por los inversores hasta igualar ambos. La inversión productiva, por lo tanto, tendería a desacelerarse cuando comprar un bono soberano sin riesgo de default arrojara la misma rentabilidad que cualquier otra alternativa perceptiblemente más riesgosa.

Hasta aquí, todo tiene sentido. Los hacedores de política monetaria actúan, en principio, de acuerdo al concepto explicitado en el párrafo anterior. Una tasa de interés más baja debería ampliar el margen de inversión productiva y estimular tanto el crecimiento como la productividad, pero toda teoría económica tiene distintos ángulos de visión, y ésta no es la excepción.

Hay aspectos cualitativos que exceden la ortodoxia matemática dentro de la macroeconomía. La tasa de interés es, además de una variable en una fórmula econométrica compleja, el ancla principal de todas las variables de la economía, dada su naturaleza valuatoria. El ahorro, el consumo y la inversión son decisiones que responden a los estímulos intertemporales propuestos por el precio real del dinero, que en definitiva es el recurso fundamental de toda economía. Podríamos decir, de hecho, si recurriéramos a una analogía náutica de orientación, que la tasa de interés es nada más y nada menos que la brújula de la economía; y una tasa de interés en cero es, ciertamente, una brújula sin norte...

Hay sobradas evidencias que demuestran que anular el precio del dinero ininterrumpidamente tergiversa las decisiones de inversión en la macroeconomía e incrementa la volatilidad del producto bruto interno. El caso paradigmático es el de Japón, que fue la nación precursora de una política monetaria ultra laxa hace ya dos décadas y desde entonces ya no sabe a qué receta recurrir para incrementar la productividad de su economía y estabilizar el crecimiento. 20 años de prueba y error no les ha alcanzado a los nipones para darse cuenta de que la política de tasa cero no ha dado resultados... No les ha alcanzado a ellos, y a los occidentales tampoco...

EEUU en 2009, como paliativo a la peor crisis financiera de la historia, decidió suscribir a la política japonesa de tasas cero. Europa en un principio se resistió, pero la ley del más fuerte siempre termina imponiéndose. El mundo, desde hace ya casi 8 años, se mueve en una océano de dinero gratuito. A priori esta afirmación suena auspiciante, pero vista desde las entrañas de la antropología económica es verdaderamente preocupante. En un contexto deflacionario y con alta percepción de riesgo las consecuencias se contienen, pero cuando la naturaleza inflacionaria de los precios vuelve a hacerse presente, el problema se acentúa. El motor de la inversión es el ahorro, variable completamente anulada en un escenario de tasas reales negativas. Por eso los alemanes, de fuerte cultura ahorradora, comienzan a consternarse con un Banco Central Europeo que ha decidido aplicar tasas de interés nominales negativas, algo sin precedentes en los anales de la política monetaria. Nada más incómodo para un trabajador promedio que su dinero pierda valor de un período a otro. Y es en la incomodidad, precisamente, cuando se toman las peores decisiones.

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La economía global hoy está presa de una seguidilla de malas decisiones agregadas de consumo, inversión y ahorro, lo que se refleja claramente en una matriz de precios relativos completamente desfasada. ¿Qué hago con mis ahorros cuando la tasa de interés es cero? ¿Cuál es el verdadero valor presente de una empresa en un mundo en el que el costo del dinero es inexistente? Las preguntas que surgen cuando se pierde el norte del valor pueden llegar a ser infinitas, y algunas señales, directamente inauditas, como por ejemplo, que la tasa de interés a 40 años del bono del tesoro de Japón se encuentre en 0.3% anual. ¿Quién, en su sano juicio, colocaría sus ahorros a una renta vitalicia del 0.3% anual? Sólo aquellos que crean que esta realidad es insostenible y tarde o temprano los desbarajustes corregirán agresivamente.

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El bono soberano de largo plazo de Japón no es una excepción, sino la regla. El mercado financiero internacional es hoy una bomba de tiempo, producto de una combinación letal: liquidez desmedida y tasas cero. Los recursos se han distribuido ineficientemente dentro de la economía en desmedro de la productividad y el sano crecimiento de largo plazo. Porque resulta que, aquella paridad de equilibrio mencionada a principio del texto, es válida pero engañosa. Cuando la tasa de interés tiende a cero, la variable de ajuste es la productividad, que también cae. Lógico e intuitivo: lo que no cuesta no vale, y en un escenario de sobrados recursos, la calidad de la inversión es deplorable. La falta de restricción de recursos sub-optimiza la dinámica económica y sobre todo destruye la inversión creativa, motor fundamental de la evolución productiva y social. Sí, EEUU ha alcanzado el pleno empleo, pero no a partir de la expansión de la industria, sino a partir de un boom de los servicios financieros, turísticos, médicos y trabajo estatal; puestos de trabajo que ante cualquier crisis se destruyen casi inmediatamente, en muchos casos con apenas un aviso por e-mail.

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Si la brújula financiera no funciona, el rumbo del dinero es azaroso. Así como la tierra necesita de su campo magnético para evitar catástrofes climáticas, la economía mundial necesita también de un mínimo rendimiento libre de riesgo que sirva de escudo anti distorsivo. Pese a tener a Japón como caso testigo y más recientemente al mundo occidental, que luego de casi diez años no puede estabilizar el crecimiento global, los hacedores de política monetaria insisten en que esta teoría no tiene sustento probatorio. Es una lógica contestataria curiosa para un equipo de profesionales que ensaya decisiones de carácter inéditas sin saber las consecuencias a futuro. Sin lugar a dudas, al momento, la evidencia de que esta política no funciona es considerablemente más contundente que la esperanza de que sí funcione... No se sabe qué va a pasar a futuro, pero por ahora no huele bien. El destino final de un expedicionista sin norte está signado por el azar. El de una economía sin tasa de interés, también.

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