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QE3

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Los tres caracteres que desvelaban al mercado.


Los inversores por fin pueden dormir. Después de un año entero de especulaciones, de ir y venir adaptando expectativas, de intentar desentrañar el futuro oculto en el tono y las palabras de los hacedores de política económica, ha llegado QE3. Pareciera que hablamos de la última entrega de una trilogía taquillera en el cine, cuando en realidad nos referimos a otro shock monetario expansivo en la economía norteamericana.

Hace una década atrás, en la mayoría de las universidades estadounidenses habrían reprobado a cualquier alumno que se atreviera a recetar una política del tipo para subsanar una crisis. ¿Usar dinero para generar confianza? Una locura galopante, a largo plazo inflacionaria y estéril, que no conduce a ningún tipo de equilibrio. Hace diez años, y durante mucho tiempo, la expansión de la demanda agregada keynesiana era un ejemplo inevitable de cómo no hacer política económica, y el dinero, tan sólo una variable endógena en modelos de equilibrio general administrados por variables agregadas con verdadero impacto en el largo plazo, como ser tasas de interés, productividad y empleo.

Sin embargo, la debacle del 2008 ha cambiado ciertos paradigmas académicos. Los neoclásicos perdieron sus recetas en un naufragio de variables insospechado. El miedo, al alcanzar límites irracionales, condujo a las tasas de interés hacia niveles sub cero en términos reales, para avivar la paradoja que más preocupa a los intelectuales del ámbito: el precio del dinero se ha vuelto negativo. Y como si eso fuera poco, el desempleo se duplicó a un ritmo vertiginoso. Entonces, luego de décadas enteras de conducir la economía usando la tasa de interés, frente a la escasez de alternativas se optó por desempolvar los viejos capítulos de Keynes presentes en cualquier libro de Macroeconomía. Si no hay opciones de corte real, siempre pueden imprimirse papelitos de colores.

Keynes, a mi gusto, fue economista brillante, con un sentido práctico inusual entre los colegas de su tiempo. Es famosa su frase, para descalificar a sus contrincantes académicos: “en el largo plazo estamos todos muertos”. Keynes no creía en los equilibrios, sino en la constante administración del caos. Era un estudioso de las expectativas, de las percepciones inmediatas y de los factores que influyen en el corto plazo las decisiones de los agentes que intervienen en la economía. Su aporte a la ciencia moderna ha sido invaluable, aunque más bien como un contra ejemplo. Está demostrado empíricamente que la demanda monetaria se genera con políticas activas en las variables reales, y no incrementando la oferta de dinero. Darle a la gente lo que no pide, simplemente incrementa el precio de sacárselo de encima en el largo plazo.

Las aberraciones de la política en cuestión se reflejan claramente en el descalabro que sufren los precios de la economía. El oro, referente insoslayable de la cruzada cuantitativa, luego de caer por un año ha vuelto a rebotar y ahora pareciera retomar el camino hacia los máximos. Pero el ejemplo más elocuente quizás se encuentre en el mercado accionario, que se dirige también hacia los máximos históricos que alcanzó en 2007, con una diferencia crucial: en 2007, las expectativas de crecimiento del PBI estadounidense eran del 5%, y este año son del 1%. Los gobernantes puede llenarse la boca hablando de la no existencia de inflación, pero la realidad muestra otros números. Las asimetrías que se observan hoy entre los precios relativos son realmente preocupantes, porque la valuación de los activos hoy ya no se basan en expectativas de crecimiento, sino en exceso de liquidez, llegando a extremos disparatados en los que las buenas noticias impactan negativamente los mercados, y viceversa.

Tarde o temprano, EEUU deberá sincerarse en el manejo de la política económica. La no existencia de tasa de interés no debería ser una excusa para emparchar el corto plazo con emisión monetaria. Existen otras políticas de largo plazo, que quizás políticamente no tengan apoyo popular, pero que evitarán cimbronazos periódicos, estabilizando los precios de los activos. Algo tan simple como fomentar el ahorro global e intentar aplacar el gasto gradualmente sonaría mucho más eficiente si la verdadera meta de la Reserva Federal es el pleno empleo. Recurrir a Keynes, en cambio, pareciera ser algo incoherente, ya que el economista suscribía a la existencia de desempleo estructural.

Los norteamericanos no necesitan billetes, sino adaptar sus patrones de consumo en forma paulatina, hasta alcanzar una economía menos deficitaria. Por ahora, y quizás durante mucho tiempo más, el mundo continuará financiando los caprichos poco austeros del mayor productor de bienes y servicios del planeta, hasta que otra crisis de expectativas haga reventar la burbuja de nuevo. Keynes tenía razón a medias; él ha muerto, pero el largo plazo definitivamente existe, y todos nosotros estamos vivos.
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