Un blog con ideas simples para una ciencia complicada...

Gradualismo vs. shock

shp

Un velero en la tormenta.


La economía es una ciencia que despierta antipatías y disidencias, dada su intrínseca naturaleza social. Nunca escasean los desacuerdos entre los economistas a la hora de juzgar la aplicación de una u otra receta y Argentina es en la actualidad tal vez un caso paradigmático de esto. Las opiniones se dividen hacia uno y otro lado. Los ortodoxos acusan al gabinete económico en ejercicio de lento y populista, mientras que los menos conservadores aseveran que el ajuste es de carácter brutal. A 6 meses de comenzada la gestión, las aguas se dividen: gradualismo o shock, esa es la cuestión.

Argentina no tiene un solo problema económico, sino muchos, que terminan leyéndose en el reglón final de una cuenta consolidada: déficit. En otras palabras, gasta mucho más de lo que recauda, y lo financia, hasta hace muy poquito, con inflación. El BCRA imprime dinero y lo reparte en la economía, sin que domésticamente se amplíe el producto. Esto genera que los precios se disparen hacia arriba retroalimentando el gasto estatal y generando una espiral inflacionaria de la cual es difícil salir. Ahora bien, la inflación no es la única forma de financiar un déficit. Al gabinete kirchnerista no le quedaba otra, porque al mantener la economía prácticamente hermética, no había alternativas para generar recursos más allá de la política monetaria, pero una vez pagada la deuda externa y regularizadas las cuentas, las cosas cambian. Ahora el déficit puede, también, financiarse con deuda en el extranjero, lo que a priori suena mal y en el largo plazo hasta peligroso, pero quizás sea la única alternativa viable.

Es verdad, financiar gasto con deuda es una maniobra poco recomendable, tanto como lo es salir a navegar los días de tormenta. El tema es despertarse en un velero en el medio del mar con la tormenta encima. En tal circunstancia, habrá que navegar obligadamente intentando evitar el naufragio. El contexto nunca es un dato menor a la hora de hacer política económica, porque es condicionante. Argentina es un país en el que un porcentaje importante de la población se ha acostumbrado a vivir a costa del Estado, y el gasto, por ende, es imprescindible en el mediano plazo, al menos hasta que se logre construir empleo en el sector privado, lo que llevará un par de períodos. Por supuesto que un país sano económicamente es un país superavitario y a eso se arriba con conducta fiscal, pero quitar de la ecuación el impacto social de las decisiones en el corto plazo es un error del que es muy difícil regresar. No se puede cortar el gasto de raíz inmediatamente, porque es inviable tanto política como humanamente. Después de todo, el fin último de la economía es el bienestar social.

Los diagnósticos y soluciones de muchos economistas críticos son tan impecables conceptualmente como inocentes en lo pragmático. También son poco memoriosos. El último ministro de economía que intentó recortar el gasto profundamente duró apenas 48 horas en sus funciones: López Murphy. Eso es porque las recetas de los libros más célebres suelen estar diseñadas para países con otra coyuntura social, pero lamentablemente Argentina es un caso aparte. Por otro lado, el exceso de pragmatismo de otros economistas llama poderosamente la atención, a menos que hayan estudiado economía en Cuba o en la Ex Unión Soviética. Es increíble que en 2016 haya quienes continúen reclamando tener un tipo de cambio manipulado.

Ni uno ni otro extremo sirven. Por ahora, el único camino posible pareciera ser eficientizar el gasto y financiarlo con deuda, hasta que la inversión privada vaya generando la trasferencia de recursos necesaria para ir acomodando las cuentas fiscales gradualmente. En Argentina no estamos acostumbrados a pensar la economía de forma intertemporal, pero las decisiones económicas trascendentales deben ser tomadas teniendo en cuenta el futuro y los costos de oportunidad entre período y período. Al respecto, la buena noticia es que las tasas de interés en el mundo son las más baratas de la historia, por lo que financiar el cambio radical de modelo macroeconómico al menos costará barato.

Todavía estamos en el ojo de la tormenta. El trayecto es largo y el horizonte por ahora es apenas una expresión de deseo. Yo me confieso optimista acerca del rumbo, aunque debo decir que no tengo certezas. La tormenta es importante y nuestro velero es un vehículo precario. Me encantaría afirmar que este es el rumbo correcto, pero apenas puedo decir que es el único que se me ocurre.
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