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Trabas a la importación en argentina.

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Ninguna economía es una isla...


Bien podría parafrasearse al poeta inglés John Donne, quien en el siglo 17 supo escribir que ningún hombre es una isla... Después de todo, la economía es una ciencia social, y por extensión, tampoco debería ser una isla. No creo que el secretario de comercio exterior argentino haya leído al célebre escritor inglés, y tampoco considero que necesite hacerlo. Lo que sí me preocupa, sin embargo, es que nunca haya leído un libro de economía.
Quizás me equivoque. Ojalá me equivoque. Lo cierto, es que ninguna economía con intenciones de desarrollarse puede aislarse del resto del mundo, y eso, es un principio básico de teoría de convergencia económica. No importa la dimensión de la economía de la que hablemos, todas necesitan abrirse para crecer. EEUU necesita importar petróleo, China soja, y Argentina bienes de capital, porque si acaso usted ha estado congelado como Walt Disney los últimos 30 años, le traigo malas noticias: Argentina no es Alemania ni Japón. Tampoco se convertirá en ellos restringiendo las importaciones.
La teoría de convergencia económica explica que aquellos países menos desarrollados, al abrir sus fronteras comerciales terminan convergiendo hacia los más desarrollados. Este concepto no es una especulación ideológica, es una realidad demostrada, que puede comprobarse con dos casos emblemáticos como China y Brasil. Lo que no se sabe hacer domésticamente, es infinitamente más eficiente -y barato- importarlo, hasta que internamente se alcancen escalas eficientes de producción. Un país no aprende a producir de la noche a la mañana implementando barreras comerciales, sino aplicando políticas de inversión de largo plazo. Restringir el ingreso de bienes de capital o tecnología no hace otra cosa que atentar contra la productividad interna, incrementando el costo de producción y reduciendo la oferta de bienes y servicios.
Qué sería del sector productivo de EEUU, si el gobierno impidiera la importación de petróleo y obligara a las industrias a utilizar fuentes de energía alternativas mucho más costosas. Qué sería de China, dada su densidad demográfica y su déficit de producción de alimentos, si el gobierno impidiera la importación de soja, encareciendo la producción de proteínas animales. Qué sería de Argentina, entonces, que carece de escala en la producción de bienes de capital y tecnología -los dos pilares de la productividad-, si de repente se decidiera frenar la importación de los mismos. El tiempo condicional en la última oración, si acaso no lo notó, es sarcasmo. De Argentina es lo que sabemos: una economía ineficiente, con bajísimas tasas de inversión y con una inflación galopante. Ya era así antes de que funcionarios de dudosos métodos decidieran frenar las importaciones, cuando por ejemplo, el gravamen para importar tecnología llega casi al 30%. Ahora, que el impedimento no es meramente arancelario sino restrictivo en forma expresa, seguramente las tasas de inversión no serán más bajas... Serán directamente negativas.
No es difícil de entender ni de explicar. Las industrias -y en la era digital cada vez más las empresas de servicios- para mantener su nivel de producción necesitan invertir en bienes de capital y tecnología. La famosa amortización con la que nos han atosigado a todos en clases de contabilidad en la secundaria, no es sólo un capricho de los contadores para agregar un rubro en el balance, es una realidad. Las máquinas se rompen y la tecnología queda obsoleta con el paso del tiempo. Por eso debe invertirse, al menos, para mantener el mismo nivel productivo -note que ni siquiera hablo de crecer, que ya es mucho pedirle a un modelo que paradójicamente aboga por el progresismo-.
Ahora bien, cómo invertir en maquinarias y tecnología en un país que no produce ninguna de las dos y encima restringe las importaciones es todavía un misterio a resolver. La tecnología a la que milagrosamente se tiene acceso internamente es un 50% más cara que en el resto del mundo, lo que constituye una enorme desventaja competitiva para el país, aparte de retrasar la convergencia hacia el primer mundo -mejor dicho, acentuar la divergencia-. Es muy fácil la cuenta: una computadora portátil buena, que en EEUU cuesta 1,000 usd, en Argentina cuesta $8,000. Al irreal tipo de cambio oficial, sería un 80% más cara. Exactamente lo mismo sucede en la industria, donde no pueden importar máquinas ni repuestos, y de hacerlo, pagan aranceles exhorbitantes que incrementan el costo de producción.
Argentina se cierra al mundo, y al mundo, sinceramente no le importa. Exportamos soja, de la que domésticamente prescindimos y no nos queda otra alternativa que venderla. Aparte de eso, no hay mucho más de lo que podamos jactarnos que sabemos hacer. Sin políticas comerciales coherentes y de largo plazo es imposible aspirar a ser un país industrializado. Cerrar las fronteras no hará otra cosa que alentar la desinversión, profundizando la escasez de oferta y la ya usual inflación. ¿Qué ocurre con una isla agreste en el medio del océano, si cierra sus barreras de entrada a todo bien y servicio? Eventualmente, se termina viviendo de la caza y de la pesca. Es un ejemplo burdo y simplista; tan absurdo como quienes hacen política comercial en nuestro país.


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