Un blog con ideas simples para una ciencia complicada...

Nuevo presidente en EEUU

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La pesadilla americana.


Mientras la prensa especializada y el establishment político se rasgan las vestiduras, Trump se prepara para ocupar el sillón más preciado del mundo. Todo el aparato mediático norteamericano en su contra no fue suficiente para frenar al provocador magnate, que alcanzó el poder apelando a la receta menos pensada: romper todas las reglas de la política.

Los miopes se siguen preguntando cómo puede ser, sin reparar en los motivos que llevaron al resultado. Creer que Trump es el problema quizás sea tan infame como creer que es la solución. El nuevo presidente de los EEUU es, sobre todas las cosas, una consecuencia de la decadente política económica llevada a cabo durante más de una década.

La crisis de 2008 presentó una enorme oportunidad de cambio para EEUU. Obama, recién ungido presidente, podría haber utilizado el peor descalabro financiero de la historia para cambiar un paradigma económico destructivo, pero prefirió no inmiscuirse por miedo al costo político. Entonces cedió el protagonismo a la Reserva Federal, que a falta de cambios profundos en la política económica real, eligió financiar la maratónica deuda de un estado venido a menos imprimiendo dólares. El dinero perdió valor, literalmente. Hubo lluvia de papelitos de colores y más de 7 años de tasas de interés reales negativas. Ideal para los ricos, que fueron quienes se vieron beneficiados por estas políticas tan progresistas. Allí, precisamente, se quedó el dinero: en los ricos. La falta de incentivos a la producción y la gratuidad del recurso desalentaron la inversión productiva: los billetes se estacionaron en el sector financiero y fueron a parar a acciones y bonos, sin producir el típico efecto cascada que vitaliza la economía real. Falló el multiplicador de la base monetaria. Las bolsas subieron, al tiempo que las fábricas comenzaron a perder competitividad por falta de inversión. La productividad entró en estado de coma y la industria manufacturera cedió terreno a las importaciones. La mano de obra calificada, esa clase social tan representativa del estereotipo de ciudadano norteamericano, quedó cesante y jamás pudo recuperar su empleo. Tuvo que conformarse, en cambio, con dobles turnos detrás de una barra de un bar y ver su sueño americano convertirse en pesadilla.

Nada ha cambiado desde la crisis de 2008, amén de ciertas regulaciones bancarias que hasta incluso conspiran en contra de que los bancos presten dinero. Sin embargo, la mayoría de los especialistas económicos y los políticos han preferido mirar hacia un costado y continuar como si nada pasara. Tal ha sido la pasividad bipartidaria (oficialismo y oposición), que ni siquiera un buen candidato lograron generar. Ese vacío fue ocupado por Trump, una especie de Frankenstein engendrado por la desidia de la clase política y la desesperación de un pueblo que no logra ser escuchado. Trump no es el resultado de la ignorancia de medio país, como buscan venderlo en un sector de la prensa, sino más bien un grito de desahogo, un manotazo de ahogado ante la ausencia de alternativas.
Trump no es problema ni solución, pero quizás sea el impacto que necesita EEUU para salir de su letargo; el baldazo de agua para despertar de la pesadilla y comenzar a pensar, nuevamente, como reconstruir un sueño.



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Gradualismo vs. shock

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Un velero en la tormenta.


La economía es una ciencia que despierta antipatías y disidencias, dada su intrínseca naturaleza social. Nunca escasean los desacuerdos entre los economistas a la hora de juzgar la aplicación de una u otra receta y Argentina es en la actualidad tal vez un caso paradigmático de esto. Las opiniones se dividen hacia uno y otro lado. Los ortodoxos acusan al gabinete económico en ejercicio de lento y populista, mientras que los menos conservadores aseveran que el ajuste es de carácter brutal. A 6 meses de comenzada la gestión, las aguas se dividen: gradualismo o shock, esa es la cuestión.

Argentina no tiene un solo problema económico, sino muchos, que terminan leyéndose en el reglón final de una cuenta consolidada: déficit. En otras palabras, gasta mucho más de lo que recauda, y lo financia, hasta hace muy poquito, con inflación. El BCRA imprime dinero y lo reparte en la economía, sin que domésticamente se amplíe el producto. Esto genera que los precios se disparen hacia arriba retroalimentando el gasto estatal y generando una espiral inflacionaria de la cual es difícil salir. Ahora bien, la inflación no es la única forma de financiar un déficit. Al gabinete kirchnerista no le quedaba otra, porque al mantener la economía prácticamente hermética, no había alternativas para generar recursos más allá de la política monetaria, pero una vez pagada la deuda externa y regularizadas las cuentas, las cosas cambian. Ahora el déficit puede, también, financiarse con deuda en el extranjero, lo que a priori suena mal y en el largo plazo hasta peligroso, pero quizás sea la única alternativa viable.

Es verdad, financiar gasto con deuda es una maniobra poco recomendable, tanto como lo es salir a navegar los días de tormenta. El tema es despertarse en un velero en el medio del mar con la tormenta encima. En tal circunstancia, habrá que navegar obligadamente intentando evitar el naufragio. El contexto nunca es un dato menor a la hora de hacer política económica, porque es condicionante. Argentina es un país en el que un porcentaje importante de la población se ha acostumbrado a vivir a costa del Estado, y el gasto, por ende, es imprescindible en el mediano plazo, al menos hasta que se logre construir empleo en el sector privado, lo que llevará un par de períodos. Por supuesto que un país sano económicamente es un país superavitario y a eso se arriba con conducta fiscal, pero quitar de la ecuación el impacto social de las decisiones en el corto plazo es un error del que es muy difícil regresar. No se puede cortar el gasto de raíz inmediatamente, porque es inviable tanto política como humanamente. Después de todo, el fin último de la economía es el bienestar social.

Los diagnósticos y soluciones de muchos economistas críticos son tan impecables conceptualmente como inocentes en lo pragmático. También son poco memoriosos. El último ministro de economía que intentó recortar el gasto profundamente duró apenas 48 horas en sus funciones: López Murphy. Eso es porque las recetas de los libros más célebres suelen estar diseñadas para países con otra coyuntura social, pero lamentablemente Argentina es un caso aparte. Por otro lado, el exceso de pragmatismo de otros economistas llama poderosamente la atención, a menos que hayan estudiado economía en Cuba o en la Ex Unión Soviética. Es increíble que en 2016 haya quienes continúen reclamando tener un tipo de cambio manipulado.

Ni uno ni otro extremo sirven. Por ahora, el único camino posible pareciera ser eficientizar el gasto y financiarlo con deuda, hasta que la inversión privada vaya generando la trasferencia de recursos necesaria para ir acomodando las cuentas fiscales gradualmente. En Argentina no estamos acostumbrados a pensar la economía de forma intertemporal, pero las decisiones económicas trascendentales deben ser tomadas teniendo en cuenta el futuro y los costos de oportunidad entre período y período. Al respecto, la buena noticia es que las tasas de interés en el mundo son las más baratas de la historia, por lo que financiar el cambio radical de modelo macroeconómico al menos costará barato.

Todavía estamos en el ojo de la tormenta. El trayecto es largo y el horizonte por ahora es apenas una expresión de deseo. Yo me confieso optimista acerca del rumbo, aunque debo decir que no tengo certezas. La tormenta es importante y nuestro velero es un vehículo precario. Me encantaría afirmar que este es el rumbo correcto, pero apenas puedo decir que es el único que se me ocurre.
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Tasas de interés reales negativas

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La brújula sin norte.


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n un mundo ideal, donde existieran los equilibrios, la productividad marginal del capital debería igualarse a la tasa real de interés. Por supuesto que no vivimos en un mundo ideal, pero esta teoría económica es lo suficientemente intuitiva como para ser utilizada de ejemplo: el exceso de rendimiento que prima sobre el retorno libre de riesgo debería ser explotado por los inversores hasta igualar ambos. La inversión productiva, por lo tanto, tendería a desacelerarse cuando comprar un bono soberano sin riesgo de default arrojara la misma rentabilidad que cualquier otra alternativa perceptiblemente más riesgosa.

Hasta aquí, todo tiene sentido. Los hacedores de política monetaria actúan, en principio, de acuerdo al concepto explicitado en el párrafo anterior. Una tasa de interés más baja debería ampliar el margen de inversión productiva y estimular tanto el crecimiento como la productividad, pero toda teoría económica tiene distintos ángulos de visión, y ésta no es la excepción.

Hay aspectos cualitativos que exceden la ortodoxia matemática dentro de la macroeconomía. La tasa de interés es, además de una variable en una fórmula econométrica compleja, el ancla principal de todas las variables de la economía, dada su naturaleza valuatoria. El ahorro, el consumo y la inversión son decisiones que responden a los estímulos intertemporales propuestos por el precio real del dinero, que en definitiva es el recurso fundamental de toda economía. Podríamos decir, de hecho, si recurriéramos a una analogía náutica de orientación, que la tasa de interés es nada más y nada menos que la brújula de la economía; y una tasa de interés en cero es, ciertamente, una brújula sin norte...

Hay sobradas evidencias que demuestran que anular el precio del dinero ininterrumpidamente tergiversa las decisiones de inversión en la macroeconomía e incrementa la volatilidad del producto bruto interno. El caso paradigmático es el de Japón, que fue la nación precursora de una política monetaria ultra laxa hace ya dos décadas y desde entonces ya no sabe a qué receta recurrir para incrementar la productividad de su economía y estabilizar el crecimiento. 20 años de prueba y error no les ha alcanzado a los nipones para darse cuenta de que la política de tasa cero no ha dado resultados... No les ha alcanzado a ellos, y a los occidentales tampoco...

EEUU en 2009, como paliativo a la peor crisis financiera de la historia, decidió suscribir a la política japonesa de tasas cero. Europa en un principio se resistió, pero la ley del más fuerte siempre termina imponiéndose. El mundo, desde hace ya casi 8 años, se mueve en una océano de dinero gratuito. A priori esta afirmación suena auspiciante, pero vista desde las entrañas de la antropología económica es verdaderamente preocupante. En un contexto deflacionario y con alta percepción de riesgo las consecuencias se contienen, pero cuando la naturaleza inflacionaria de los precios vuelve a hacerse presente, el problema se acentúa. El motor de la inversión es el ahorro, variable completamente anulada en un escenario de tasas reales negativas. Por eso los alemanes, de fuerte cultura ahorradora, comienzan a consternarse con un Banco Central Europeo que ha decidido aplicar tasas de interés nominales negativas, algo sin precedentes en los anales de la política monetaria. Nada más incómodo para un trabajador promedio que su dinero pierda valor de un período a otro. Y es en la incomodidad, precisamente, cuando se toman las peores decisiones.

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La economía global hoy está presa de una seguidilla de malas decisiones agregadas de consumo, inversión y ahorro, lo que se refleja claramente en una matriz de precios relativos completamente desfasada. ¿Qué hago con mis ahorros cuando la tasa de interés es cero? ¿Cuál es el verdadero valor presente de una empresa en un mundo en el que el costo del dinero es inexistente? Las preguntas que surgen cuando se pierde el norte del valor pueden llegar a ser infinitas, y algunas señales, directamente inauditas, como por ejemplo, que la tasa de interés a 40 años del bono del tesoro de Japón se encuentre en 0.3% anual. ¿Quién, en su sano juicio, colocaría sus ahorros a una renta vitalicia del 0.3% anual? Sólo aquellos que crean que esta realidad es insostenible y tarde o temprano los desbarajustes corregirán agresivamente.

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El bono soberano de largo plazo de Japón no es una excepción, sino la regla. El mercado financiero internacional es hoy una bomba de tiempo, producto de una combinación letal: liquidez desmedida y tasas cero. Los recursos se han distribuido ineficientemente dentro de la economía en desmedro de la productividad y el sano crecimiento de largo plazo. Porque resulta que, aquella paridad de equilibrio mencionada a principio del texto, es válida pero engañosa. Cuando la tasa de interés tiende a cero, la variable de ajuste es la productividad, que también cae. Lógico e intuitivo: lo que no cuesta no vale, y en un escenario de sobrados recursos, la calidad de la inversión es deplorable. La falta de restricción de recursos sub-optimiza la dinámica económica y sobre todo destruye la inversión creativa, motor fundamental de la evolución productiva y social. Sí, EEUU ha alcanzado el pleno empleo, pero no a partir de la expansión de la industria, sino a partir de un boom de los servicios financieros, turísticos, médicos y trabajo estatal; puestos de trabajo que ante cualquier crisis se destruyen casi inmediatamente, en muchos casos con apenas un aviso por e-mail.

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Si la brújula financiera no funciona, el rumbo del dinero es azaroso. Así como la tierra necesita de su campo magnético para evitar catástrofes climáticas, la economía mundial necesita también de un mínimo rendimiento libre de riesgo que sirva de escudo anti distorsivo. Pese a tener a Japón como caso testigo y más recientemente al mundo occidental, que luego de casi diez años no puede estabilizar el crecimiento global, los hacedores de política monetaria insisten en que esta teoría no tiene sustento probatorio. Es una lógica contestataria curiosa para un equipo de profesionales que ensaya decisiones de carácter inéditas sin saber las consecuencias a futuro. Sin lugar a dudas, al momento, la evidencia de que esta política no funciona es considerablemente más contundente que la esperanza de que sí funcione... No se sabe qué va a pasar a futuro, pero por ahora no huele bien. El destino final de un expedicionista sin norte está signado por el azar. El de una economía sin tasa de interés, también.

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El confuso mensaje de la Reserva Federal a los mercados

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Expectativas asimétricas.


La Reserva Federal de los EEUU tiene una demostrada trayectoria en confundir a los mercados. Por otro lado los mercados, hay que decirlo, se dejan confundir. El optimismo es una fuerza inercial apabullante –y conveniente– en Wall Street. El pesimismo es un tsunami repentino, un accidente propio de las estructuras desbalanceadas de precios relativos, de vez en cuando sacude las costas de los inversores. La Fed controla la marea.

Es difícil entender el motivo por el cual los hacedores de política monetaria soslayan la atención de lo importante, pero a veces pareciera ser una acción deliberada e intencional. Yellen, la hechicera de turno, comanda un pequeño ejército de brujos que encantan con la palabra más allá de la realidad. Los objetivos concretos han perdido significado. La inflación hace mucho tiempo que no es un problema y las metas de desempleo se han tergiversado. Ya no quedan parámetros certeros bajo los cuales los inversores puedan descontar los precios futuros. Sólo existe el lenguaje. Hablando la gente se entiende, y también se confunde.

Yellen desestima la inflación subyacente y sugiere moderación. Los mercados festejan. Marzo marcó subas entre el 5% y el 6% en los índices bursátiles. Es verdad que los precios no suben mucho, pero también es verdad que la tasa de interés es inexistente. Los leones hambrientos en la selva del dinero sueñan con que el recurso prima continuará siendo casi gratuito por tiempo indefinido, pero la realidad es que no depende de la Reserva Federal. El discurso de la Chairwoman tiene un límite cierto: la inflación, y no es un límite holgado. Cuando las tasas de interés reales son negativas, no existen los límites holgados. Los salarios en EEUU suben 2.3% de un año al otro y la canasta básica, sin contar el petróleo y otros commodities, ya está por encima del 2%. ¿Qué va a suceder cuando el petróleo se estabilice y ya no pondere negativamente en el índice? ¿Hasta qué nivel el Banco Central Americano estará dispuesto a bajar las tasas reales para satisfacer el apetito por riesgo de un sector de la banca financiera?

La política no tiene límites, incluso en entes autárquicos. La Fed no es una excepción. Si un simple y humilde pensador puede escribir estas líneas, ¿qué queda del comité más preparado del mundo en política monetaria? Conocen los riesgos, pero prefieren el shock. La Fed, así prometa lo contrario, tiene las manos atadas y la deberá subir las tasas pronto, antes de que la inflación se convierta en un problema popular. Una parte del mercado prefiere no verlo. Los brokers y los asesores financieros también prefieren el shock. Es difícil navegar tranquilo si todo el tiempo se le teme a un tsunami.




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QE versión europea.

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Más leña al fuego.


Los mercados están de fiesta y también sorprendidos. Luego de años enteros de promesas, la retórica monetaria europea finalmente derivó en acción y el BCE puso a calentar la maquinita de imprimir euros. En algún lado leí que Europa no hacía una declaración sustanciosa desde que Alemania invadió Polonia en 1939… La semana pasada, sin embargo, el mensaje fue claro y contundente: “quiera o no la economía los billetes, se los vamos a dar”.

60 mil millones de euros por mes para comprar bonos europeos, totalizando un plan inicial de 1 trillón de euros de expansión monetaria. Un plan sin precedentes en la economía europea, y también sin garantías de éxito. EEUU debería servir de ejemplo de fracaso, luego de que tras más de cinco años de aplicar la misma receta, apenas logró inflar el precio de los bonos, las acciones y también el petróleo, el cual finalmente terminó desplomándose cuando mermó la volatilidad. No hay pruebas de que la expansión monetaria haya contribuido a la suba del empleo, porque no hay inflación observable (ni en bienes ni en salarios) y el consumo ha subido en forma lenta y gradual, lo que demuestra que el dinero no ha llegado a todos los canales transaccionales como fuera inicialmente pretendido. Sí hay, sin embargo, una mayor desigualdad en la que los ricos se han hecho mucho más ricos y los pobres al menos ahora consiguen trabajo.

El caso del precio del crudo es un ejemplo paradigmático, porque se trata de una materia prima que hace ya más de 5 años se sabía se convertiría en un bien menos escaso, dada la enorme escalada productiva que ha tenido y continúa teniendo el principal consumidor de energía del mundo: Estados Unidos. El precio del petróleo, en términos fundamentales de mercado, no tenía otro destino que no fuera el bajista, y aun así supo conservar valores altísimos sin otra explicación que no fuera la compra especulativa derivada de una liquidez jamás antes observada. Luego sucedió lo inevitable: anunciado el fin de QE, el mercado se cayó un 50% en 3 meses. Los precios de artificio ajustan en forma violenta.

El desbarajuste de los precios relativos ha tenido un alcance mucho más amplio en el espectro del mercado, más allá del precio de la energía. Las acciones, la monedas de mercados emergentes y los bonos también han sufrido alzas irracionales. Sin ir más lejos, las tasas de la deuda soberana de países con serios riesgo de default han alcanzado mínimos históricos en 2014, evidenciando la voracidad compradora de un mercado de divisas inundado de dólares. En definitiva, podríamos decir que todos los activos de riesgo se han sobrevaluado en un escenario en el que la gran mayoría de los consumidores continúan barajando los mismos saldos de dinero. Este es un fenómeno probatorio de que el exceso monetario se ha quedado en la cúspide de la pirámide, beneficiando exclusivamente a los especuladores financieros.

El dinero es apenas un instrumento. Los problemas reales económicos se resuelven con políticas económicas concisas y no imprimiendo billetes. La mera expansión monetaria sin el soporte real una política activa no genera confianza en los agentes ni motoriza la demanda agregada; sólo genera desequilibrios cuyas consecuencias futuras aún siquiera podemos definir en dimensión, aunque el precio del petróleo sirva de caso testigo con ciertos rasgos premonitorios.

El Banco Central Europeo ha cedido a las presiones y ha entrado en un juego del que salir será difícil. Más de un siglo de estudio del dinero ha enseñado que inventar y repartir moneda sólo genera desequilibrios serios de largo plazo. La miopía y la irresponsabilidad de los máximos actores de la política monetaria mundial sigue contribuyendo a un escenario futuro incierto y peligroso, en el que los ajustes pueden ser violentos. El precio del crudo quizás sea apenas el prólogo de otra lección de mercado. Está por verse.





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Los mercados de acciones batiendo records

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La recompensa de los tontos.



Yellen afirmó en su última aparición en el congreso norteamericano que no había una burbuja en los mercados financieros y que las valuaciones de las acciones eran razonables... Muchos analistas entonces recordaron a Ben Bernanke y su consistente negación durante todo 2007 del exceso de riesgo observado en el mercado de las hipotecas sub-prime. No creo que haga falta recordar qué sucedió en 2008, pese a que Bernanke opinara lo contrario... Yellen dijo, sin embargo, que la baja volatilidad en los mercados estaba en su radar, sin más precisiones. La realidad muestra que, mientras el precio de las acciones alcanzan nuevos máximos y todos los métodos de valuación sugieren una sobrevaloración nunca antes vista en la historia, la volatilidad implícita (es decir, la percepción del riesgo) continúa en caída libre...

La tasa de interés ha sido inexistente durante un período de tiempo demasiado extendido... El inversionista promedio llegó al punto de no preguntar qué, sino cuánto. No les interesa si hay riesgo involucrado, siempre y cuando haya un rendimiento mínimo. La compra de acciones y venta de calls (opciones de compra) para aumentar el rendimiento de la operación logra el doble efecto: empuja el mercado hacia arriba, mientras pone presión sobre la volatilidad implícita. Ése es el trabajo en el que los lobos de Wall Street siguen siendo buenos, incluso después de 2008. Se puede ver en la siguiente tabla que sólo los minoristas continúan comprando acciones, mientras que los operadores profesionales se mantienen alejados de ellas.

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El mercado de valores es sólo el ejemplo más fácil de mostrar alrededor del hecho de que la gente está buscando desesperadamente alcanzar un mínimo de rendimiento, sin importar con qué. La percepción del riesgo ha desaparecido de todos los mercados, desde los activos financieros y las materias primas hasta incluso la deuda soberana. De ninguna otra manera podríamos explicar que un bono a 10 años de Grecia hoy en día rinda menos del 6% anual, es decir, apenas una prima de riesgo del 3,3% sobre los bonos del Tesoro de Estados Unidos ... Ése es el precio del riesgo en un horizonte de 10 años, por bajo que parezca...

Rendimiento implícito de un Bono Griego a 10 años
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Hay signos de peligro en los mercados. La profundidad de la inclinación de la volatilidad implícita entre opciones de compra y venta (valor relativo entre puts y calls) ha alcanzado el nivel máximo histórico, y no son pocos los analistas que comienzan a tener miedo por creer que la estructura de la volatilidad en los mercados de opciones podría ser la señal de un desmoronamiento inminente. Personalmente, creo que no hay necesidad de observar la asimetría en el valor de las opciones para descubrir que la tormenta se acerca, ya que con el sentido común alcanza: 6,3% de desempleo + 3.2% de crecimiento del PIB no justifican a un mercado de valores que ha subido 40% en 18 meses. Hay algo mal, y es la política monetaria. Cuando la gente común (Bill Gross no pertenece a ese grupo) se entere de que el dinero sólo podía ser un pedazo de papel en ciertas condiciones (como podría ser la presión inflacionaria o la recientemente publicada caída del PBI de USA de 2.9% para Q1), este castillo de naipes se derrumbará como ya lo hizo tantas veces en la historia.


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Hay cada vez más y más traders volviéndose bajistas. Yo siento que he estado en este barco desde hace ya mucho tiempo, pero hoy más que nunca estoy convencido de que un terrible vendaval está al llegar. Hace dos semanas leí una cita fantástica de un trader que creo resume bastante bien el entorno actual de los mercados: "La recompensa requiere riesgo; si la Fed elimina el riesgo, entonces sólo los tontos deberían esperar recompensa... "







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El alza imparable de los mercados

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El rebote soñado de los alcistas: apenas otro estirón de un árbol artificial.



Después de tener una violenta corrección en apenas 10 días a finales de enero, febrero volvió a ser muy parecido a 2013, es decir: irracional. Los mercados no deben ser combatidos, son lo que son, pero hay una gran confusión en torno a los inversores estos días, lo que redunda en inquietud en vez de convicción.

Fue un mes en el que el grueso de los datos económicos ha mostrado resultados por debajo de las expectativas, lo que ha llevado al Índice de Sorpresa Económico de Citi a su nivel más bajo en mucho tiempo. La reacción inicial de los inversores para explicar por qué los mercados siguen subiendo fuertemente, así como las volatilidades implícitas han bajado, ha sido el clima: los datos han sido malos debido al invierno más frío en años en los EE.UU. Por supuesto que dicho argumento no llegó a explicar por qué las compras online también se redujeron... Por lo general, cuando el clima es adverso hay un efecto sustitución en el consumo: los restaurantes pierden clientes pero las compras en almacenes tienden a aumentar; las compras físicas de bienes y servicios también menguan, pero las compras por Internet muestran alzas. Eso no ocurrió en esta ocasión; los datos fueron decepcionantes en casi todos los rubros de la economía. Incluso en aquellos estados en los que el clima no significó un problema, los datos económicos cayeron por debajo de las expectativas .

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Las cosas no están mucho mejor fuera de EE.UU. Los mercados emergentes se estabilizaron pero el riesgo aún está latente. La retracción monetaria progresiva del Banco Central estadounidense es una gran amenaza para los países que han estado recibiendo gran cantidad de dólares en los últimos años y la emoción alcista de febrero se siente más como una pausa de una reversión. El índice de volatilidad de Brasil no ha logrado bajar y la República Sudamericana muestra signos de desaceleración en el crecimiento económico, hecho que obligó a los hacedores de política monetaria a frenar el ritmo de suba del tipo de interés. Pero probablemente la mayor amenaza sigue siendo asiática. China, por segundo mes consecutivo, registró un PMI debajo de 50 , lo que sugiere que la economía se está contrayendo al ritmo más acelerado desde mediados de la década de 90. Por último está Europa y algunas preocupaciones de deflación, lo que si bien se siente apresurado, sin duda añadirá riesgo a los mercados globales.

Mientras la realidad se manifiesta decepcionante, los mercados siguen subiendo y la percepción de riesgo continúa en caída. Sólo hay una posible y dolorosamente repetida explicación para esto: el dinero gratuito todavía abunda. Es silenciosamente increíble la cantidad de especuladores que apuestan por que la Fed decida dar marcha atrás con el tapering. El motor del mercado de los últimos 2 años se ha hecho carne en los agentes financieros y, obviamente, son reticentes a cambiar la mentalidad de trading hacia un modelo más crítico, clásico y fundamental. Esta vez vemos, sin embargo, que los nuevos máximos de precios no trajeron consigo nuevos mínimos de volatilidades implícitas, lo que puede significar que quienes agregan activos a sus carteras también están comprando instrumentos de protección a la baja.

Una vez más, es difícil luchar contra los mercados en el corto plazo, incluso cuando la realidad es avasallante, pero hay una buena analogía a tener en cuenta: los mercados son como los árboles, que tardan mucho tiempo en crecer y sólo unos pocos minutos para ser derribados. Los árboles saludables y longevos necesitan ser podados periódicamente, mientras que aquellos agigantados artificialmente no, pero cuando éstos últimos se pudren, tienen que ser cortados de raíz. Este árbol está creciendo a base de fertilizantes –léase QE o impresión monetaria–, y se siente tan artificial como se puede sentir cualquier mercado que suba sin detenerse un 30%, cuando el crecimiento es apenas del 3% y el desempleo continúa en el orden del 6.6%.



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El rally navideño

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Después de navidad...


Los mercados no han podido combatir el sentimiento alcista. Los optimistas quieren su rally navideño para coronar un año record. El petróleo crudo rebotó 7 % desde los mínimos y el índice S & P está tratando de lograr nuevos máximos históricos llegando a fin de año. Los números no pueden ser más convincentes, después de todo: un rendimiento anual del 28% es un sueño hecho realidad para la comunidad de inversores, sobre todo cuando el costo del dinero es, literalmente, cero.

Las volatilidades implícitas en niveles irrisorios son una consecuencia clara de la falta de percepción del riesgo. El VIX , que logró subir del 12% al 15 % a principios de diciembre, finalmente se desplomó cuando se conocieron los datos de empleo en EEUU, la semana pasada. A primera vista, se trató de un movimiento contra intuitivo, ya que el índice había subido debido a la mayor percepción de riesgo que genera un posible cambio en la política monetaria, y menor desempleo del esperado sin dudas aporta argumentos a la decisión de reducir la impresión monetaria. Pero una vez más: se trata de los sentimientos y no de hechos. Los optimistas se abrazan a la tendencia, no a los datos.

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2013 ha sido una fiesta, y las fiestas se disfrutan hasta el final. Ahora bien, 2014 no augura tanta algarabía, pero seguramente sí mucha más volatilidad.

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Enero de 2014.


Después de Navidad, Santa Claus vuelve al ártico y descansa durante un año, mientras los inversionistas tienen que decidir qué hacer con el dinero luego de lograr una ganancia récord el año anterior. La cresta de la ola está por aquí, en cualquiera de las sesiones de diciembre de 2013, y luego, enero de 2014 va a devolverle la volatilidad a los mercados, porque la incertidumbre será mayor.

Estos son los factores que deben tenerse en cuenta de cara al año que entra:

1 . Yellen por Bernanke: el activo más importante del responsable de la política monetaria es su credibilidad. Ante la salida de Bernanke, Yellen tendrá que ganarse la confianza del mercado con el tiempo, y eso es un factor más de incertidumbre.

2 . El fantasma de la liquidez: ya ha demostrado ser el más temible entre todos los temores, y el 2014 es el año en que seguramente se comenzará a reducir la compra de bonos por parte del Banco Central (QE). Pensar que el dinero no va a ser gratuito y abundante ya es una pesadilla para muchos en el mercado financiero. Todavía queda el debate de cuándo, pero cuanto antes, peor. El comienzo del fin de QE será como detener la música en una fiesta... Probablemente todavía haya un poco de diversión por tener, pero el final está cerca...

3 . Debate político de EE.UU. sobre la deuda: se ha pospuesto, pero no ha terminado. Octubre pasado fue un buen ejemplo de lo que los legisladores están dispuestos a poner en riesgo para imponer sus puntos de vista. La deuda de EE.UU. es un problema que requiere una solución, y el acuerdo para llegar a esa solución parece estar todavía distante.

4 . Referencia inmejorable: como mencionaba antes, un año de más de 25% de rentabilidad no es común. El 2014 empezará con muchos participantes absteniéndose de comprar, por miedo a toma de ganancias del año anterior, y muchos otros, precisamente, vendiendo para tomar ganancias…

El 2014 traerá incertidumbre y aumentará las volatilidades implícitas en todos los mercados. Pero primero, claro, Papá Noel tiene que dejar los regalos de este año en las chimeneas. Después de navidad, sin embargo, habrá que retornar a la realidad.






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La caída de reservas del BCRA

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¿Por qué caen las reservas del Banco Central?


La respuesta más inmediata es simple: por escasa idoneidad en la conducción económica.

Por increíble que parezca, esa es la triste realidad. Hace ya años que la política económica en Argentina está administrada por Ateles hybridus en posesión de instrumentos cortantes, o lo que es lo mismo –si dejamos de lado el lenguaje coloquial científico–: monos con navaja. Bravucones de conventillo, neo-idealistas inexpertos y figuras meramente decorativas son las personalidades predominantes de un gabinete de utilería que siempre es disfuncional y, en ocasiones, surrealista.

La respuesta menos inmediata no deja de ser simple, a pesar de lo extensa. La acumulación de reservas no esconde complejidad matemática en absoluto: es el resultado neto de la compra y venta agregada de moneda extranjera, apenas un balance financiero derivado de la actividad comercial y el pago de obligaciones frente a terceros. Cuando agentes nacionales venden bienes y servicios a residentes extranjeros (ya sean turistas in situ o consumidores en el exterior), ingresan divisas en el sistema financiero local. Por otro lado, cuando agentes in situ o turistas argentinos adquieren bienes y servicios en el exterior, o cuando se pagan intereses y/o capital de deuda nominada en moneda extranjera, egresan divisas. Por lo tanto, una caída sostenida de las reservas de moneda extranjera se debe a un desequilibrio entre el ingreso y el egreso de divisas, que bien podría ocurrir por un exceso de demanda o por una escasez de oferta. En Argentina, país sintomatológicamente generoso, ocurren los dos…

¿Por qué hay exceso de demanda de dólares?



· Desconfianza estructural.


Ni siquiera los patriotas más fervorosos desconocen el pasado argentino. No se trata, precisamente, de un país ordenado en lo que se refiere a lo institucional. Se trata más bien de un país con apenas tres décadas de democracia en continuado, que ha atravesado crisis económicas y sociales sin precedentes, y en el que se han violado todos los derechos constitucionales habidos y por haber. Dejando de lado los múltiples golpes de estado anteriores a los 80´, en los últimos 30 años hubo: hiperinflación, dolarización, privatización, corralito, mega default (interno y externo), pesificación, recesión extrema, deflación, crecimiento, estatización e inflación… En los libros de economía suele afirmarse que demora aproximadamente una generación –entre 30 y 40 años– restaurar la confianza de los agentes económicos luego de una crisis altamente disruptiva… Argentina colecciona crisis. O sea que, en el mejor de los casos, si dios descendiera del cielo y decidiera presidir Argentina durante los próximos 30 años, yo, a mi edad de retiro, podría comenzar a pensar en ahorrar en moneda nacional… De cualquier otro modo, con mis ahorros compraré dólares –si puedo–, y como yo, otros tantos.

· Desconfianza presente.


A diferencia de lo mencionado en el punto anterior, los patriotas más fervorosos y sesgados políticamente quizás sí desconozcan el presente argentino, pero las versiones de la realidad en la era de la información son cada vez más efímeras. La realidad siempre supera a la ficción, cada vez más rápido. Muy a pesar de los políticos románticos y sus seguidores incondicionales, Argentina es un país con un altísimo porcentaje de pobres e indigentes, donde la marginalidad se acentúa día a día. Hay graves problemas sanitarios, de educación, de narcotráfico y de seguridad. Sí, los artistas en general están contentos con la enorme promoción y difusión que han tenido los contenidos en el cine, la TV y la música, pero Argentina, a los ojos de los ciudadanos promedio, sigue siendo un país en emergencia, con urgencias que exceden a la cultura.

Tampoco contribuye a la confianza un estilo conductivo embaucador y prepotente. Entre todas las mentiras del gobierno, desmentir la inflación es quizás la maniobra política más autodestructiva que pueda existir en un país donde casi el 50% de la población no tiene otro patrimonio que el consumo periódico. Mentirle a los que más tienen también está mal, pero goza de mayor vida útil. El que poco tiene, en cambio, mucho gasta en términos relativos, y su percepción del alza de los precios es inmediata. En su intrincada y maquiavélica lectura de la realidad social, quizás los artífices de las maniobras políticas crean que este segmento no puede influir en la compra de dólares a nivel agregado, pero se equivocan, porque la masividad de su disgusto pone el tema sobre el tapete, alentando la desconfianza de aquellos que sí llegan a fin de mes con saldos positivos.

Ya son tres párrafos dedicados a la desconfianza presente, y es que, si no fuera un tema central, no se habrían perdido el 30% de las reservas en sólo un año. Completan la desconfianza de los ciudadanos factores como la corrupción, la falta de diálogo, la desaceleración del crecimiento y la polarización social, cada vez más radical y más violenta.

En definitiva, ¿quién en su sano juicio puede preferir ahorrar en pesos? Preferir, nadie, pero a algunos no les queda otra, porque si algo faltaba para definitivamente exacerbar la suspicacia, era restringir en exceso la compra de dólares a niveles prácticamente prohibitivos. Surge entonces el dólar paralelo, como una lección de mercado inapelable: las emociones son irreprimibles.

· Crecimiento basado en el consumo.


El gobierno actual se jacta de tener un modelo basado en el consumo, como si eso fuera lo mejor que puede suceder. En un modelo basado en el ahorro y la inversión, no nos tendríamos que preocupar ni por la inflación ni por la pérdida de reservas. En 2013, salvo que se viva en Cuba o Korea del Norte, no existe el modelo de consumo exclusivamente interno. Estimular el consumo en un mundo globalizado implica ampliar el gasto tanto en moneda nacional como internacional, porque el turismo es un servicio que también presenta planes de pago e internet es un inmenso shopping digital abierto las 24 horas y al alcance de un click. Imprimir moneda en exceso e inyectarla en el sistema financiero supone siempre una fuga de capitales al exterior.

¿Por qué hay escasez de oferta de dólares?



· Desconfianza estructural y presente.


Si la desconfianza incomoda a los ciudadanos del país, ¿qué les queda a los extranjeros? Los mismos factores que hacen que los argentinos prefieran ahorrar en dólares, evitan que los extranjeros ingresen capitales en la economía doméstica. Argentina tiene un inmenso déficit de inversión que no sólo conspira a favor de la ineficiencia productiva y la inflación, sino que también evita que ingrese un caudal de divisas que equilibre las cuentas financieras.

· Economía cerrada.


Alguien tuvo la brillante idea de apagar el incendio con nafta. Ante la pérdida de reservas, se decidió restringir la importación de bienes… Fantástica solución. Argentina, un país poco industrializado, que no produce tecnología ni bienes de capital, no puede importar recursos. Si la inversión ya era baja, es de imaginar lo que sucedió luego de tan peculiar medida.

Yo siempre utilizo el mismo ejemplo para explicar por qué una economía cerrada juega en desmedro de las reservas: un diseñador web argentino, si consigue la computadora que necesita, la tiene que pagar el doble que un competidor brasilero. Eso significa que, a igualdad de servicio, el diseñador brasilero parte con una clara ventaja productiva que le incrementa el valor agregado, o en su defecto, le permite disminuir el precio para anular a su par argentino. Tome el ejemplo, copie y pegue, luego extrapole a: la industria automotriz, la farmacéutica, la alimenticia, la energética, etc, etc, y deténgase cuando llegue al campo, que es prácticamente el único rubro que a pesar de las envestidas sigue siendo eficiente, a menos que hablemos de la ganadería, donde la producción ha sido diezmada a niveles irrisorios gracias a una política verdaderamente progresista: restringir la exportación de carne a valores muchas veces superiores a los obtenidos en el mercado interno, con el fin de asegurar que todos los argentinos mantengan una dieta exagerada en grasas vacunas. Una obra maestra de la política económica que a lo largo de los años ha garantizado varias cosas, como ser la caída de la producción de carne y su consiguiente mayor escasez doméstica, así como la pérdida de ingreso de divisas por abandonar cuotas de exportación y resignar mercados externos altamente rentables.

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La reservas del Banco Central llegaron a fin de octubre a rozar los 33,000 millones de dólares y su tendencia es notablemente negativa. Al ritmo actual, el gobierno de turno podría llegar al fin de su mandato dejando un saldo apenas despreciable, sino nulo. La década estará ganada, pero quizás no deje saldo acreedor.




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Panorama de mercado

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Dinero gratis IN ETERNUM


Los mercados financieros continúan sacando rédito del exceso de dinero: aleluya! Septiembre fue un mes sorpresivo, cuando la Reserva Federal inesperadamente se apartó de lo que todos creyeron sería el comiendo del fin para QE –quantitative easing–. Ahora las expectativas han cambiado radicalmente, al opuesto de creer que la impresión de dinero nunca va a terminar. Algunos analistas, sin ir más lejos, están incluso convencidos de que hasta marzo de 2014 no habrá novedades en la política monetaria. Como si eso fuera poco, la candidata a la silla presidencial de la Reserva Federal es una mujer que no dista mucho, sino nada, de las ideas de Bernanke.

Así que los mercados están en piloto automático de compra . Los datos económicos no están mostrando malos números , pero no hay evidencia de un crecimiento espectacular todavía. Los analistas apuntan a un crecimiento del PIB anual de 2 % en EEUU y las ganancias de las empresas en el tercer trimestre muestran en general un promedio de crecimiento de menos del 3 %.

En el lado real de la economía, China sí está acelerando su crecimiento nuevamente. Los últimos datos presentados sugieren que la industria ha retornado a su ciclo expansivo. Sin embargo, el sistema bancario sigue siendo vulnerable a una futura crisis, dado el altísimo nivel de deuda basura que se observa en la banca comercial. China es una economía inmensa y cualquier número que suene aterrador debe dimensionarse de acuerdo a su contexto, pero hay mucha incertidumbre y sin duda falta de comprensión acerca de cómo esta realidad financiera podría afectar a la economía si se sale de control. Sin duda, es una preocupación del Gobierno chino frenar la acumulación de deudas incobrables y fortalecer el sistema bancario para evitar una crisis como la observada a principios de 2000.

¿Qué esperar a futuro?



Los mercados alcanzan nuevos máximos y la razón sigue siendo la misma que ha sido en el último año : nominal; es decir: la impresión de dinero . No hay ninguna razón real en la compra de activos a valores sin precedentes cuando las expectativas de crecimiento son apenas normales. Pero cuando el dinero es gratuito, cualquier negocio es bueno.

Las volatilidades implícitas permanecerán mayormente bajas, con alzas esporádicas, tal cual las hemos visto comportarse en los últimos 12 meses. No tiene sentido la compra de opciones cuando la máquina de hacer dinero está encendida.

Catalizadores de riesgo de aquí en adelante: el próximo round de debate de la deuda americana, China y la eterna cháchara sobre si la Fed va a reducir el ritmo de compara de bonos o no. De cualquier manera, hasta que el dinero no vuelva a ser un recurso costoso, el trato sigue siendo el mismo: optimismo libre de riesgo para las multitudes..


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Volatilidades en sus mínimos históricos

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Otra distorsión propia de tasas de interés artificialmente bajas.



El 2013 ha sido una pesadilla para todos aquellos que arbitran primas de riesgo, y en especial, para los traders de opciones. Los más supersticiosos quizás busquen el motivo en los últimos dos dígitos de la cifra anual, aunque las razones poco tengan que ver con esoterismos. El precio del riesgo, como muchos otros precios de la economía, también ha sido víctima de una política monetaria ultra laxa e inacabable.

Las volatilidades implícitas se han desplomado a sus mínimos históricos en la mayoría de los mercados, sin excepción. El emblemático indicador de riesgo en el mercado de acciones, el índice VIX, inesperadamente regresó a los niveles de 2007, cuando las expectativas de crecimiento rondaban el 5% anual (vs. 1.5-2% hoy). Pero el mercado accionario es apenas un ejemplo paradigmático. La lista de los activos que hoy se encuentran subvaluados en cuanto a sus posibilidades de variación en el tiempo es prácticamente inacabable, sin distinciones entre la plaza financiera y los commodities. La volatilidad implícita del petróleo, sin ir más lejos, alcanzó su mínimo histórico este año al llegar a 16.5%, un nivel de riesgo prácticamente irrisorio para un activo que suele mostrar variaciones de valor abruptas cuando surge alguna disrupción en el mercado.

Índice VIX
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La volatilidad implícita es una medida de incertidumbre cierta y cuantificable que refleja la percepción de los inversores acerca de las variaciones del precio de los activos. Cuanta más incertidumbre, mayor es la prima de riesgo que los agentes deben pagar para cubrir sus posiciones de cambios radicales y opuestos a sus expectativas. Dicho de otra manera, la volatilidad implícita es un índice de miedo que reacciona frente al riesgo de perder dinero, y existen dos factores fundamentales que influyen sobre la psicología del inversor, predisponiéndolo de una u otra manera ante un escenario económicamente adverso: confianza y costo del dinero.

Volatilidad implícita del petróleo
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El primero es un término amplio. La palabra “confianza” abarca una infinidad de aspectos a tener en cuenta por parte de quien interviene en los mercados comprando o vendiendo activos, aunque el rumbo de la economía sea usualmente el tema preponderante. Épocas de expansión económica y paz social están generalmente asociadas a una psicología de mercado positiva y despreocupada, donde no hay mucho espacio para la desconfianza. Las crisis económicas, en cambio, generan movimientos violentos en los precios, dada la altísima desconfianza de los agentes intervinientes. La crisis estadounidense de 2008, sin ir más lejos, es un claro ejemplo de lo que la desconfianza significa en momentos de contracción. El VIX llegó a alcanzar en aquel año su máximo histórico de 80%, lo que en términos prácticos significaría que las expectativas anuales de cambio de precio de un activo que valía 5 iban de 1 a 9. No muy diferente a las expectativas que uno tendría de una jornada lúdica en un casino…

El segundo concepto es bastante más simple. El dinero que se invierte siempre tiene un costo que depende, obviamente, de las tasas de interés a las cuales son accesibles los recursos. Cuando las tasas de interés son altas, la percepción del riesgo también es mayor, porque las pérdidas son acentuadas por el costo añadido de conseguir los recursos. A una tasa del 5%, una inversión de 100 unidades de recursos tiene una tasa de corte de 5 unidades, y toda ganancia inferior a 5 es básicamente pérdida. Tan simple como eso. Cuanto más alto es el costo del capital, más amplio es el umbral de pérdida, y por tanto, más elevada la percepción del riesgo. Incluso si uno estuviera sobrado de recursos, una tasa de interés alta elevaría el costo de oportunidad entre invertir y dejar el dinero en el banco a un rendimiento libre de riesgos de corto plazo.

La confianza y las tasas de interés son entonces los dos pilares de la percepción del riesgo. Sin lugar a dudas, el predominante es el primero. Cuando las expectativas son funestas, no importa cuán accesible sea el dinero, y los últimos cuatro años han sido testigos de ello. Sin embargo, cuando las aguas se calman y la tormenta se percibe lejana, el costo del dinero comienza a tener un rol predominante. El 2013 también es un buen caso testigo acerca de ello. Los indicios de que la economía norteamericana estaría recuperándose han sepultado la percepción del riesgo que primó en los mercados durante casi media década. Las acciones baten récords históricos al tiempo que la volatilidad implícita se escurre entre los dedos de los traders de opciones. No es que EEUU transita su mayor ciclo expansivo de la historia, sino que su banco central no para de regalar dólares a los inversores. Existen una causa y un efecto, y sobre todo un argumento justificativo en el mercado financiero que retroalimenta las expectativas: las acciones del 2009 a la fecha han tenido un rendimiento anual promedio del 12%, lo que es, en ausencia de costos de financiación y superada ya la crisis, no menos que una maravilla de la rentabilidad. Quizás artificial, pero maravilla al fin.

El dinero no será gratuito por siempre, pero mientras lo sea, endeudarse a cero y esperar más del 10% es la elección del universo inversor. El cambio de paradigma llegará en forma conjunta, quizás, cuando las expectativas de suba de la tasa de interés contribuyan a la desconfianza también. Para entonces, es de esperar no sólo que se desplomen los precios, sino también que suban las volatilidades. Algunas burbujas reventarán y otras volverán a inflarse: es la dinámica de mercado a la que nos ha sometido la Reserva Federal de EEUU con una política monetaria expansiva que pareciera no encontrar punto final.





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¿El fin de QE?

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El diablo en los detalles...



Las buenas noticias comienzan a ser un dolor de cabeza. Las sospechas de que la Reserva Federal americana reducirá el ritmo de compra de bonos soberanos tuvieron esta semana un fuerte indicio de verosimilitud. El mensaje de Ben Bernanke, titular del banco central estadounidense, no tuvo variaciones radicales, pero en este mercado apenas unas pocas palabras o un cambio en el tono pueden generar caos. El diablo está en los detalles, y los agentes económicos, también.

Desde principios de mayo, los rumores de una fecha cúlmine para la flexibilización cuantitativa (QE) comenzaron a golpear los mercados. La consolidación de ciertos parámetros e indicadores económicos en EEUU amenazó entonces con convertirse en una tendencia mortal para todos aquellos que hace años apuestan por la liquidez. Los bonos del tesoro norteamericano, como no podía ser de otra manera, han sido los exponentes principales de una especulación que desangra ganancias. Y es que ante la preocupación de que del que el máximo comprador se retire del mercado tarde o temprano, hace ya dos meses que el precio de los bonos no para de derrumbarse, lo que ha prácticamente duplicado la tasa de interés de instrumentos de deuda de largo plazo. Semejante alza en los tipos de interés, por otro lado, comienzan a encarecer las deudas en dólares, en su momento adquiridas en forma oportuna para invertir en economías emergentes. Un caso emblemático es Brasil, que ha recibido un flujo de capitales inmenso en los últimos años, como consecuencia de su robustez, pero también gracias a un arbitraje financiero que en media década no ha resistido análisis: endeudarse al 1% en dólares, comprar reales, y poner el dinero a rendir entre el 10 y el 15% anual, a un riesgo moderado.

Tasa de interés implícita en T-Notes a 10 años
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Otro síntoma de precaución logró verse también en mayo en los mercados de acciones, que tras lograr nuevos valores récord en ese mismo mes, finalmente encontraron resistencia y comenzaron a descender, devolviendo más de un 5% de las ganancias obtenidas en su pico máximo.

Índice S&P
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No importa el activo del que se trate, si es de renta fija o variable, el inversor comienza a incomodarse. Quienes tienen bonos ya no los quieren. Sin el sustento líquido de un comprador titánico, nadie se arriesga a acotar sus ganancias de largo plazo a un más que reducido rendimiento. Por lo tanto, las tasas de interés tienen mucho para subir todavía, y esto juega en detrimento de quienes tienen deudas en dólares. La devaluación maratónica del real en un 12% en sólo 2 meses no es casualidad, es simplemente otro caso testigo de que los capitales internacionales quieren recomprar su deuda en dólares antes de que los costos atropellen la excelente rentabilidad que han tenido en los últimos tiempos.

Tipo de cambio Real/USD
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¿Qué cambió entonces Bernanke en su mensaje? A nivel taxativo, muy poco, aunque suficiente para aquellos que juegan a hacer futurología con el lenguaje. El mensaje hasta ahora había sido: “la economía avanza, pero no lo suficiente”, lo que ha cambiando en junio para ser: “la economía avanza” y punto. Luego la paranoia, la especulación y el miedo de los que saben que los precios de los activos han estado sobrevaluados todo este tiempo, gracias a un artilugio nominal: el exceso desmesurado de dinero. Nadie sabe con exactitud cuándo terminará QE, aunque Bernanke deslice que quizás a fines de año. Para el caso, quienes creían que sería a principios de 2014 (muchos bancos de inversión importantes) ahora huyen despavoridos.

Lo que sospechábamos que iba suceder, finalmente ha comenzado. Al tiempo que la economía norteamericana evoluciona favorablemente, los mercados corrigen su tendencia alcista. Surreal pero cierto: las buenas noticias son malas y viceversa; una aberración propia de una política monetaria desatinada e irresponsable. No sabemos cuándo volveremos al plano real, ni cuán dolorosa será la corrección. Ya no miramos tasas de crecimiento, ni tendencias de empleo, ni nada que tenga que ver con los fundamentos verdaderos de la economía. Ahora sólo nos interesa si Ben agrega o quita palabras a sus frases de un mes para el otro, para intentar un presagio, una adivinación: ¿se acaban o no los papelitos verdes?





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La escalada del dólar en Argentina


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Peras con bananas, y otras comparaciones insensatas


Algunas comparaciones son odiosas; otras, simplemente no tienen cabida. Ayer, en plena disertación defensiva del modelo y de la nueva estrategia del gabinete económico para contener el dólar, escuché al viceministro de Economía, Axel Kicillof, sugerir una comparación inaudita: habló de la política monetaria estadounidense y de cómo el exceso de emisión monetaria no ha tenido efectos inflacionarios, pese a las advertencias de los monetaristas más ortodoxos. No fue una comparación en forma expresa, pero de alguna manera sonó como un argumento justificativo de la desmedida emisión monetaria que existe hoy en la Argentina.

Más allá de ser yo mismo un opositor del plan expansivo ejecutado por la Reserva Federal estadounidense en los últimos años, creo que existen dos o tres motivos básicos por los cuales EEUU y Argentina no pueden ni deben compararse.

A saber:

Economía abierta grande vs. Economía cerrada chica: EEUU es la primera economía del mundo, con ramificaciones comerciales en todos los continentes y el mercado financiero global más importante. Esto quiere decir que su emisión monetaria no es sólo doméstica, sino internacional, ya que el mundo entero demanda dólares con fines comerciales y/o para atesoramiento. Argentina, por otro lado, es una economía diminuta, herméticamente cerrada, y la demanda de pesos se circunscribe exclusivamente a sus habitantes, quienes, dicho sea de paso, cada vez son más reticentes a quedarse con la moneda soberana y en cambio buscan comprar, o casualidad, también dólares.

Inflación vs. Desempleo: Uno de los conceptos más básicos de la Economía, comúnmente denominado como “la curva de Phillips”: existe una relación inversa entre la inflación y el desempleo. Esto es así porque la demanda de dinero en tiempos de desempleo es siempre alta, dado que existe una percepción de crisis constante que lleva a la gente a querer ahorrar más que a consumir. EEUU tuvo una de sus peores crisis económicas de la historia en 2008 y el desempleo se disparó hasta el 10%. Si bien ha venido recuperándose, la tasa continúa cercana al 8%, muy por encima de lo que se consideraría una tasa de pleno empleo en el país, alrededor del 5% y el 6%.

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Inflación en activos de renta variable: La emisión monetaria tiene mecanismos de transmisión y transcurre mucho tiempo desde que se inyecta el dinero hasta que alcanza a todos segmentos sociales. El consumo masivo es el último escalón de la economía en la difusión de liquidez, porque el dinero debe primero expandirse en el sistema financiero y luego alcanzar al tenedor final por los canales convencionales, ya sea el crédito o el salario. Sin embargo, en etapas iniciales e intermedias de la transmisión, y más precisamente en el ámbito de las inversiones financieras (los agentes financieros suelen los primeros en la cadena en recibir los fondos provenientes de la emisión monetaria), excesos de liquidez suelen mostrar distorsiones entre los activos de renta variable. En otras palabras, si bien no hay inflación observable en bienes de consumo masivo, sí hay distorsiones de precios relativos en bienes de capital o en materias primas, que eventualmente atentan contra la productividad de la industria o contra la solvencia del sistema financiero. La escalada del precio del oro en los últimos años, el altísimo precio del crudo en un escenario energético superavitario y los mercados de acciones a precios record en una economía lejos del pleno empleo son un buen ejemplo de que el exceso de liquidez promovida por la Reserva Federal estadounidense tiene enormes efectos distorsivos sobre los precios de la economía.

EEUU es un país con infinidad de virtudes en lo que respecta a la política y la economía… Su sistema republicano, sin ir más lejos, es uno de los más sofisticados y eficientes del planeta, garantizando la completa libertad de sus habitantes y la total independencia de la justicia. Quizás deberíamos ahondar más en ese tipo de comparaciones, en vez de andar buscando justificaciones vagas y tendenciosas en políticas monetarias foráneas y ajenas a la realidad de nuestro país. El colmo de lo ridículo sería que, justo lo que el país del norte hace mal, nosotros lo tomemos como ejemplo…



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Desempleo en EEUU


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Las buenas malas noticias


Los tiempos que corren no son tan sencillos como solían –¿alguna vez lo fueron?– en el mundo de los mercados. Si algo ha generado la Reserva Federal norteamericana durante los últimos años con su política de extrema liquidez garantizada, además de un descalabro de los precios relativos, es precisamente complicar el análisis de la realidad económica. Curiosamente ya no hay noticias puramente buenas o malas, sino versiones especulativas de un futuro incierto que no depende únicamente del desempeño de las variables macroeconómicas, sino también de la intervención estatal. Dicho de otra manera, el precio de los activos hoy refleja una dualidad de expectativas entre el crecimiento real de la economía y los grandes sobrantes de dinero alentados por la abundante emisión monetaria.

El viernes pasado EEUU mostró números de generación de empleo robustos, sobre todo en el sector privado, lo que ha contribuido a que el desempleo disminuyera un 2.5% en apenas un mes, una tasa que de alcanzar continuidad en el tiempo podría por fin reconducir la economía norteamericana en apenas 6 meses. 236 mil nuevos puestos de trabajo se han creado durante febrero, una cifra muy por encima de las estimaciones, que esperaban en promedio un total de 160 mil. ¿Qué puede haber de malo en una noticia de estas características? En economía convencional, nada. En el contexto actual, mucho.

Hay noticias que de tan exageradamente buenas pasan a ser al menos neutrales. La reacción de los mercados a los números mostrados el viernes es un claro ejemplo de ello. ¿Por qué los precios han subido apenas tímidamente, si después de todo, los resultados han superado con creces las expectativas? La respuesta radica en releer las expectativas previas. ¿Los precios han subido porque los inversores creen en el rumbo de la economía o porque precisamente no creen en él? Son posturas claramente antagónicas. Quienes creen que la economía conservará un ritmo de crecimiento moderado pero no superlativo, han comprado activos convencidos de que la Reserva Federal de EEUU continuará facilitando la liquidez. Ahora bien, si de repente el ritmo de creación de empleo fuera mayor de lo esperado, entonces no sería aberrante pensar en que la noticia pudiera hasta ser bajista en el corto plazo, dado que el paradigma del inversor hoy está más enfocado en la política monetaria que en el curso de la economía real.

Muchos analistas privados aseguran que el número a sostener en el tiempo para arribar nuevamente al pleno empleo en EEUU es 250 mil. Esto es, agregar a la nómina un cuarto de millón de asalariados cada mes, durante una seguidilla de meses. En febrero, los empleadores privados contrataron un total de 246 mil nuevos empleados, una cifra que sin lugar a dudas llamará la atención de muchos, incluido entre éstos el titular del Banco Central, Ben Bernanke. Es de esperar que el discurso sea cauteloso en un principio, que se reconozca la contundencia del sorpresivo número pero que se insista en esperar a futuro para ver si se trata de una tendencia. No es de esperar un cambio de política en lo inmediato, pero sí que quienes se han jugado por una política monetaria expansiva en el largo plazo, se pongan verdaderamente nerviosos a la espera de la próxima publicación de empleos en EEUU.

Las semanas que siguen más que nunca serán acerca de interpretar el mensaje de Bernanke. Cambios en el lenguaje que evidenciaran algún tipo de moderación en la política monetaria podrían tener efectos realmente bajistas en un mercado cuyas expectativas orbitan alrededor de la liquidez, en vez del crecimiento. Podría suceder entonces que las buenas noticias no fueran tan buenas, al menos en un horizonte próximo. Sería una prueba más, y sólo eso, de las imperfecciones a las que se someten los mercados cuando se abusa de recetas keynesianas.




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Economía mundial.


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Psicología alcista con horizonte corto.

Si acaso los distraídos no se han dado cuenta, el 2013 ha comenzado con bombos y platillos para los inversores. Difícil de creer, en un contexto en el que los desafíos todavía son visibles en el horizonte, que los mercados de repente alcancen niveles record. Es el caso de los índices de acciones en EEUU, que alentados por una seguidilla de buenas noticias en materia económica, ha elevado el entusiasmo de los compradores; o también podría usarse como ejemplo el petróleo, que hace ya dos meses que no detiene su suba gracias a sospechas de que la demanda en un futuro será mayor, aun cuando el principal consumidor de crudo en el mundo afirme que su producción de energía está en franco y vertical aumento.

Europa, uno de los mayores catalizadores de riesgo el año pasado, pareciera haber superado de un instante a otro todos sus conflictos regionales. EEUU, cuyo número de desempleo presentado la semana pasada fue mayor de lo esperado (7.9% contra 7.8% pronosticado) disfruta de la buena opinión de los analistas, que aseguran que el país se encuentra en el camino del crecimiento. Y China, claro, el otro gigante de la economía agregada, ha sabido esquivar los miedos a un inminente estancamiento de su tasa de expansión. Está todo bien en el mundo, o al menos eso pareciera. Y ahora, la pregunta: ¿está todo bien en el mundo?

Las cosas están mejor, sin lugar a dudas, pero tanta emoción trasladada a los precios en principio suena a desmesura. El termómetro de los precios de los activos siempre se halla en el crecimiento agregado. China todavía crece a casi un 8%, sí, pero EEUU y Europa promedian menos de un 1% entre ambos. ¿Se justifica que los activos regresen a sus máximos valores, sin existencia de inflación y con una economía creciendo 3 veces menos de lo que solía en los tiempos en que se registraron tales precios? En principio la respuesta pareciera ser que no, pero una tasa de interés rayana a cero continúa haciendo estragos con los precios relativos. El precio de un activo en el presente no es más que su valor sospechado a futuro descontado por una tasa de interés, y hoy, ese divisor es casi inexistente.

Dejando de lado las complicaciones que tiene Europa en reestructurar la región y los enormes desafíos que tiene EEUU en materia fiscal (hoy ambos no tenidos en cuenta en la prima de riesgo), el mayor componente a considerar por los mercados será precisamente la tasa de descuento, porque pese a una promesa confusa de largo plazo del Banco Central norteamericano, en realidad nadie sabe cuál es el horizonte de una tasa de interés inexistente. Hoy el presente lleva un plus porque el dinero no tiene valor en el tiempo, pero cuando haya evidencias de que esto cambie, los precios relativos se reacomodarán según los nuevos criterios. Lo peligroso y a la vez paradójico de tanta psicología alcista, es que está sostenida sobre bases vulnerables desde el ángulo en que se mire. Si los analistas tienen razón y efectivamente el desempleo comienza a caer en EEUU y Europa, alentando el crecimiento global, futuras expectativas de inflación obligarán a subir las tasas de interés, engrosando la tasa de descuento y por tanto debilitando el precio presente de los activos. Si por el contrario, los datos económicos a futuro no mejoraran, entonces los miedos que hoy se esconden debajo de la alfombra aflorarán nuevamente, aumentando la prima de riesgo y repercutiendo también sobre la tasa de descuento que ajusta el precio de los activos.

Todo crecimiento sustentable por lo general es lento y armonioso. Las grandes variaciones de corto plazo casi siempre encuentran correcciones igual de abruptas. Las cosas están mejor, pero tanta algarabía en los mercados pareciera a priori exagerada. Las burbujas van y vienen, como el dinero.




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QE3

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Los tres caracteres que desvelaban al mercado.


Los inversores por fin pueden dormir. Después de un año entero de especulaciones, de ir y venir adaptando expectativas, de intentar desentrañar el futuro oculto en el tono y las palabras de los hacedores de política económica, ha llegado QE3. Pareciera que hablamos de la última entrega de una trilogía taquillera en el cine, cuando en realidad nos referimos a otro shock monetario expansivo en la economía norteamericana.

Hace una década atrás, en la mayoría de las universidades estadounidenses habrían reprobado a cualquier alumno que se atreviera a recetar una política del tipo para subsanar una crisis. ¿Usar dinero para generar confianza? Una locura galopante, a largo plazo inflacionaria y estéril, que no conduce a ningún tipo de equilibrio. Hace diez años, y durante mucho tiempo, la expansión de la demanda agregada keynesiana era un ejemplo inevitable de cómo no hacer política económica, y el dinero, tan sólo una variable endógena en modelos de equilibrio general administrados por variables agregadas con verdadero impacto en el largo plazo, como ser tasas de interés, productividad y empleo.

Sin embargo, la debacle del 2008 ha cambiado ciertos paradigmas académicos. Los neoclásicos perdieron sus recetas en un naufragio de variables insospechado. El miedo, al alcanzar límites irracionales, condujo a las tasas de interés hacia niveles sub cero en términos reales, para avivar la paradoja que más preocupa a los intelectuales del ámbito: el precio del dinero se ha vuelto negativo. Y como si eso fuera poco, el desempleo se duplicó a un ritmo vertiginoso. Entonces, luego de décadas enteras de conducir la economía usando la tasa de interés, frente a la escasez de alternativas se optó por desempolvar los viejos capítulos de Keynes presentes en cualquier libro de Macroeconomía. Si no hay opciones de corte real, siempre pueden imprimirse papelitos de colores.

Keynes, a mi gusto, fue economista brillante, con un sentido práctico inusual entre los colegas de su tiempo. Es famosa su frase, para descalificar a sus contrincantes académicos: “en el largo plazo estamos todos muertos”. Keynes no creía en los equilibrios, sino en la constante administración del caos. Era un estudioso de las expectativas, de las percepciones inmediatas y de los factores que influyen en el corto plazo las decisiones de los agentes que intervienen en la economía. Su aporte a la ciencia moderna ha sido invaluable, aunque más bien como un contra ejemplo. Está demostrado empíricamente que la demanda monetaria se genera con políticas activas en las variables reales, y no incrementando la oferta de dinero. Darle a la gente lo que no pide, simplemente incrementa el precio de sacárselo de encima en el largo plazo.

Las aberraciones de la política en cuestión se reflejan claramente en el descalabro que sufren los precios de la economía. El oro, referente insoslayable de la cruzada cuantitativa, luego de caer por un año ha vuelto a rebotar y ahora pareciera retomar el camino hacia los máximos. Pero el ejemplo más elocuente quizás se encuentre en el mercado accionario, que se dirige también hacia los máximos históricos que alcanzó en 2007, con una diferencia crucial: en 2007, las expectativas de crecimiento del PBI estadounidense eran del 5%, y este año son del 1%. Los gobernantes puede llenarse la boca hablando de la no existencia de inflación, pero la realidad muestra otros números. Las asimetrías que se observan hoy entre los precios relativos son realmente preocupantes, porque la valuación de los activos hoy ya no se basan en expectativas de crecimiento, sino en exceso de liquidez, llegando a extremos disparatados en los que las buenas noticias impactan negativamente los mercados, y viceversa.

Tarde o temprano, EEUU deberá sincerarse en el manejo de la política económica. La no existencia de tasa de interés no debería ser una excusa para emparchar el corto plazo con emisión monetaria. Existen otras políticas de largo plazo, que quizás políticamente no tengan apoyo popular, pero que evitarán cimbronazos periódicos, estabilizando los precios de los activos. Algo tan simple como fomentar el ahorro global e intentar aplacar el gasto gradualmente sonaría mucho más eficiente si la verdadera meta de la Reserva Federal es el pleno empleo. Recurrir a Keynes, en cambio, pareciera ser algo incoherente, ya que el economista suscribía a la existencia de desempleo estructural.

Los norteamericanos no necesitan billetes, sino adaptar sus patrones de consumo en forma paulatina, hasta alcanzar una economía menos deficitaria. Por ahora, y quizás durante mucho tiempo más, el mundo continuará financiando los caprichos poco austeros del mayor productor de bienes y servicios del planeta, hasta que otra crisis de expectativas haga reventar la burbuja de nuevo. Keynes tenía razón a medias; él ha muerto, pero el largo plazo definitivamente existe, y todos nosotros estamos vivos.
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El precio del oro.


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En los últimos 10 meses, pese a los vaticinios alcistas de la mayoría de los analistas y bancos de inversión, el oro cayó casi un 20%, desdibujando la sonrisa de más de un inversor y desmitificando la percepción acorazada de solidez que reina en el inconsciente colectivo del mercado. La pregunta es sencilla: ¿por qué no logra reponerse el oro? Las respuestas, en los mercados, siempre son complejas y meramente ensayísticas.

Para desentrañar las razones que llevan a los inversores a desprenderse del oro, primero debemos remontarnos a los motivos que llevan a comprarlo. Empecemos por definir que todo bien o servicio tiene un valor funcional, algo para lo que sirve y por lo cual estamos dispuestos a ponerle precio. En el caso del oro, erróneamente puede pensarse que ese valor funcional derive de la orfebrería, cuando en realidad ésta última es más bien una consecuencia –una forma alternativa– del verdadero rol del metal precioso en la economía. El oro históricamente sirvió como bien de intercambio y por tanto, reserva de valor. La orfebrería, entonces, es una disciplina que deriva de la real naturaleza funcional del oro, luego de que los acaudalados descubrieran que poseer y atesorar riqueza podía también tener variantes asociadas a la estética, el arte y la decoración. Lo cierto es que el oro ha sido siempre una forma de acumular y conservar patrimonio, desde tiempos remotos hasta ya entrada la economía moderna, cuando la existencia de papel moneda debió ser respaldada con reservas en metal –de ninguna otra manera podría el público confiar en un pedazo de papel–. El “patrón oro”, esa política monetaria que exigía a los bancos centrales respaldar su emisión de dinero con reservas físicas de oro, ya no existe más, pero la percepción de valor del metal precioso sigue intacta.

Los tiempos cambian. La tecnología y la proliferación de las comunicaciones nos evitan hoy el trajín de tener que comprar y almacenar oro físicamente y en cambio, comprar futuros o índices que repliquen su precio. El atractivo principal del oro es un antecedente histórico imbatible, en comparación con cualquier otra moneda de intercambio en el mundo: conserva o incrementa su valor con respecto a la economía como ningún otro activo. Como prueba irrefutable de ello está la última década, en que incrementó su precio 5 veces de 350 a 1800 dólares la onza. El oro, a diferencia de las monedas, no se deprecia ni sufre devaluaciones vinculadas a la percepción del riesgo soberano de cada país. Es por eso que usualmente, cuando los mercados perciben riesgo en alza, el oro incrementa su valor en desmedro del valor de los activos de renta variable –las acciones, por ejemplo–.

La escalada más violenta en el precio del oro se dio a partir de 2008. Esa fuerte percepción relativa de valor explicada en el párrafo anterior, tuvo su máxima expresión cuando por primera vez en décadas emergieron serias dudas acerca de la economía estadounidense, y por añadidura, la economía global. Los inversores entonces comenzaron a deshacerse de sus activos riesgosos para refugiarse en bonos y en el más seguro de todos los activos desde la existencia del trueque: de nuevo, el oro. Como si eso fuera poco, las políticas del banco central norteamericano tuvieron también efectos propulsivos. Los famosos QE 1 y 2 (Quantitative Easing) suenan sofisticados pero no lo son, se trata lisa y llanamente de imprimir billetes para comprar bonos y así incrementar la oferta monetaria. Ahora bien, exceso de liquidez en un mercado donde todavía reina el miedo, en vez de restituir la confianza, genera una burbuja. Gran parte del precio del oro de 2008 a la fecha responde a esa burbuja. Exceso de dinero sin ánimo de inversión llevaron a los agentes económicos a refugiarse en el metal precioso, entre otros activos, simplemente por ser un activo que históricamente conserva su valor mejor que la moneda en general.

Pero las cosas cambian, y también las expectativas. La economía americana, luego de mucho sufrir, detuvo su recesión y nuevamente comenzó a crecer, disminuyendo su desempleo del 10% al 8% en 2 años . La consistente generación de puestos de trabajo, si bien todavía no es suficiente para arribar al 5% de desempleo que supone el pleno empleo en Estados Unidos, ha comenzado a cambiar la psicología del inversor promedio, y también el mensaje de la Reserva Federal. La caída del precio del oro hoy tiene básicamente un doble fundamento causa-efecto: la economía americana genera empleo por sí sola y por ende, mientras el desempleo continúe cayendo, la intervención del Banco Central no será necesaria.

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Cuando la confianza regresa a los mercados, luego de 4 años de estar refugiado, el inversor decide salir, y eso significa vender el oro que compró y usar ese dinero en alguna otra inversión alternativa. Análogamente, la confianza de los agentes económicos elimina la necesidad intervencionista de la Reserva Federal, y por tanto, la no existencia de QE 3, un programa de liquidez que gran parte del mercado aún da por hecho, y seguramente la base fundamental sobre la cual se sostiene todavía el precio del oro. Sin embargo, si acaso QE3 no existiera, en el mercado habrá menos liquidez y más confianza. No es una buena combinación para un activo que se ha apreciado en los últimos años como consecuencia de la aversión al riesgo y el exceso de dinero. Mayor apetito por la inversión y menos dinero disponible incrementa el costo de oportunidad de tener oro. Si el desempleo en EEUU continúa cayendo y no hay indicios de inflación, por paradójico que suene, el horizonte del oro ya no será dorado… Será más bien negro.

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Trabas a la importación en argentina.

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Ninguna economía es una isla...


Bien podría parafrasearse al poeta inglés John Donne, quien en el siglo 17 supo escribir que ningún hombre es una isla... Después de todo, la economía es una ciencia social, y por extensión, tampoco debería ser una isla. No creo que el secretario de comercio exterior argentino haya leído al célebre escritor inglés, y tampoco considero que necesite hacerlo. Lo que sí me preocupa, sin embargo, es que nunca haya leído un libro de economía.
Quizás me equivoque. Ojalá me equivoque. Lo cierto, es que ninguna economía con intenciones de desarrollarse puede aislarse del resto del mundo, y eso, es un principio básico de teoría de convergencia económica. No importa la dimensión de la economía de la que hablemos, todas necesitan abrirse para crecer. EEUU necesita importar petróleo, China soja, y Argentina bienes de capital, porque si acaso usted ha estado congelado como Walt Disney los últimos 30 años, le traigo malas noticias: Argentina no es Alemania ni Japón. Tampoco se convertirá en ellos restringiendo las importaciones.
La teoría de convergencia económica explica que aquellos países menos desarrollados, al abrir sus fronteras comerciales terminan convergiendo hacia los más desarrollados. Este concepto no es una especulación ideológica, es una realidad demostrada, que puede comprobarse con dos casos emblemáticos como China y Brasil. Lo que no se sabe hacer domésticamente, es infinitamente más eficiente -y barato- importarlo, hasta que internamente se alcancen escalas eficientes de producción. Un país no aprende a producir de la noche a la mañana implementando barreras comerciales, sino aplicando políticas de inversión de largo plazo. Restringir el ingreso de bienes de capital o tecnología no hace otra cosa que atentar contra la productividad interna, incrementando el costo de producción y reduciendo la oferta de bienes y servicios.
Qué sería del sector productivo de EEUU, si el gobierno impidiera la importación de petróleo y obligara a las industrias a utilizar fuentes de energía alternativas mucho más costosas. Qué sería de China, dada su densidad demográfica y su déficit de producción de alimentos, si el gobierno impidiera la importación de soja, encareciendo la producción de proteínas animales. Qué sería de Argentina, entonces, que carece de escala en la producción de bienes de capital y tecnología -los dos pilares de la productividad-, si de repente se decidiera frenar la importación de los mismos. El tiempo condicional en la última oración, si acaso no lo notó, es sarcasmo. De Argentina es lo que sabemos: una economía ineficiente, con bajísimas tasas de inversión y con una inflación galopante. Ya era así antes de que funcionarios de dudosos métodos decidieran frenar las importaciones, cuando por ejemplo, el gravamen para importar tecnología llega casi al 30%. Ahora, que el impedimento no es meramente arancelario sino restrictivo en forma expresa, seguramente las tasas de inversión no serán más bajas... Serán directamente negativas.
No es difícil de entender ni de explicar. Las industrias -y en la era digital cada vez más las empresas de servicios- para mantener su nivel de producción necesitan invertir en bienes de capital y tecnología. La famosa amortización con la que nos han atosigado a todos en clases de contabilidad en la secundaria, no es sólo un capricho de los contadores para agregar un rubro en el balance, es una realidad. Las máquinas se rompen y la tecnología queda obsoleta con el paso del tiempo. Por eso debe invertirse, al menos, para mantener el mismo nivel productivo -note que ni siquiera hablo de crecer, que ya es mucho pedirle a un modelo que paradójicamente aboga por el progresismo-.
Ahora bien, cómo invertir en maquinarias y tecnología en un país que no produce ninguna de las dos y encima restringe las importaciones es todavía un misterio a resolver. La tecnología a la que milagrosamente se tiene acceso internamente es un 50% más cara que en el resto del mundo, lo que constituye una enorme desventaja competitiva para el país, aparte de retrasar la convergencia hacia el primer mundo -mejor dicho, acentuar la divergencia-. Es muy fácil la cuenta: una computadora portátil buena, que en EEUU cuesta 1,000 usd, en Argentina cuesta $8,000. Al irreal tipo de cambio oficial, sería un 80% más cara. Exactamente lo mismo sucede en la industria, donde no pueden importar máquinas ni repuestos, y de hacerlo, pagan aranceles exhorbitantes que incrementan el costo de producción.
Argentina se cierra al mundo, y al mundo, sinceramente no le importa. Exportamos soja, de la que domésticamente prescindimos y no nos queda otra alternativa que venderla. Aparte de eso, no hay mucho más de lo que podamos jactarnos que sabemos hacer. Sin políticas comerciales coherentes y de largo plazo es imposible aspirar a ser un país industrializado. Cerrar las fronteras no hará otra cosa que alentar la desinversión, profundizando la escasez de oferta y la ya usual inflación. ¿Qué ocurre con una isla agreste en el medio del océano, si cierra sus barreras de entrada a todo bien y servicio? Eventualmente, se termina viviendo de la caza y de la pesca. Es un ejemplo burdo y simplista; tan absurdo como quienes hacen política comercial en nuestro país.


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